inicio

El día en que Dios estuvo enfermo 

 

En los arenales por los que Cristo anduvo predicando el amor y no la guerra chapotea el odio en charcos de sangre bajo los olivos y los algarrobos. El papiro de las Bienaventuranzas, primero escritas en el aire, es hoy un parte de guerra, y los pastores de Belén, armados hasta los dientes, lloran sobre sus rebaños calcinados por los coches-bomba y los fundamentalistas suicidas. Si las nubes guardan la memoria de todos los sonidos que se producen bajo su techo, la revolución de invitar a poner la otra mejilla está archivada en la misma estantería que el estruendo de los bombardeos. El Mediterráneo se ha teñido de luto frente a Trípoli, Beirut, Tiro y Nahariya, y en el mar de Tiberíades los tiburones de plomo engullen a los peces más chicos. «Nada volverá a ser como era», dicen los enemigos del eterno retorno desde una ingenuidad fingida: todo es demasiado igual a sí mismo, en Oriente Próximo, desde hace medio siglo.
En San Petersburgo los todopoderosos del G-8 se preocupan más por el precio del petróleo que por las víctimas mortales o por los pueblos bombardeados o por los ancianos inmóviles entre las ruinas o por los niños que aprenden la asignatura del dolor entre las familias desoladas. Si el infierno no es un lugar físico, que venga el diablo y se dé un paseo por Msayllih o por Safed y, de regreso, invite a sus rivales celestes a la proyección de tanto horror en un vídeo doméstico, y ya verán cómo el demonio es acusado de exageración y de catastrofismo. En los tiempos de «Supermán» es Abraham quien sale perdiendo, y los acuerdos de Camp Davis, de Oslo o de Madrid fueron cartas a los Reyes Magos, que también llevaban goma-2 entre los juguetes. La partida de la paz quedó en manos de los tahures de los hidrocarburos que, con el barril de brent a 80 dólares, fortalecen las finanzas de las que se nutre Al Qaeda. Todo es demasiado evidente, pese a tanta tristeza, y las aguas del río Jordán, las que bautizaron a dioses y a reyes, se han convertido en lágrimas, y es de piedra la niebla que envuelve el Sinaí.
En los hospitales palestinos no hay agua ni luz eléctrica, y se cumple el mandato evangélico de que los muertos entierren a sus muertos. Allí donde la leyenda dice que el hijo del carpintero amasaba muñecos de barro con forma de paloma y, al soplar sobre ellos, les infundía vida y emprendían el vuelo, hoy los nietos de los profetas llevan la metralleta en el lugar del laúd, y el cuchillo en el estuche negro del violín. Los pueblos vecinos de la Biblia tienen la maldición de la confianza: como César Vallejo, ellos también nacieron un día en que Dios estuvo enfermo....

Faustino F. ÁLVAREZ