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Detrás de la imbecilidad
Hace mucho que
dejé de tener certezas. Se me fueron quedando en las hojas gastadas de
los libros. Y en el lento escozor de los ojos y el insomnio. Nunca debí
haberlas tenido. Por supuesto. Pero eso, que es lo esencial, se aprende
siempre tarde, demasiado tarde, en la vida de un hombre. Sólo la duda
salva: moral como inteligencia. Nos salva de ser imbéciles. Y malvados.
Es uno de los pocos, inmerecidos, dones que recibí de la vida: no creer
en nada. Las certezas mienten siempre, porque ponen su fe inexpugnable
allá donde la sabiduría hubiera puesto interrogante.
En política, no hay certeza que no incube tentaciones homicidas:
homicidas por salvíficas. En política, no hay tentación que no pase al
acto. Eso me ha ido llevando, hace ya mucho, a amurallar mi biografía a
salvo de ella. Eso y la creciente sospecha, la evidencia casi, de ser lo
político no otra cosa que el sucedáneo con que las sociedades modernas
suplen -o, si se quiere, suplantan- el espacio, función, liturgia y
símbolos de la religión de antaño. Un ateo serio -como he tratado de
serlo, desde que la apuesta por la razón se impusiera en mí a otras- no
puede conformarse con una fea copia en hojalata y baquelita, tras haber
enviado a las sombras de lo no verosímil la original máquina majestuosa
más solemne de la historia, y la más eficaz. En un creyente de las
viejas religiones -hoy, puede que arqueología, pero arqueología bella-
hay grandeza, aun si errada. Los fieles de este político sucedáneo, que
idiotiza el huero presente impuesto, apestan a mezquindad tan sólo, a
intereses muy cortos y muy obvios. La política moderna no posee siquiera
la intensidad refinada de los grandes opios. Es un vinazo peleón,
espeso. Enriquece a unos pocos, a costa de los muchos. Su borrachera es
triste. Y letal su resaca.
En el límite, tenía que suceder que política e imbecilidad dieran, al
fin, en ser lo mismo. A eso se reduce la «radicalidad» (halagada o
zaherida, da igual) en las extravagancias, más o menos infantiles, que
ha venido generando la Moncloa de este último ciclo, del cual no es
fácil calcular cómo saldremos: cómo saldremos de mal, naturalmente. Van
ya para tres años de experimento. Mentiría si digo que me sorprende. No
me sorprende. Nada. Tenía que llegar alguna vez, era inevitable, este
día, en el cual una cabeza impecablemente ayuna de neuronas decidiese,
como juega un niño no demasiado avispado con cromos o canicas, acerca
del destino de quienes callan: todos.
El último dogma con que quisimos endulzar la acre política moderna, fue
empeñarnos en suponer que, detrás de todo gobernante, aun del peor
dotado, aun del más fuera de sus cabales, hay una sapientísima red de
intereses materiales (anónimos o de ilustre apellido), que vela para que
el caro invento no se despeñe. Van tres años ya de una experiencia
crítica. De la cual debiéramos salir más sabios -ya que no más felices-,
porque se lleva consigo nuestro último consuelo. Detrás de la
imbecilidad, no hay nada. Ni siquiera maldad. O interés turbio. Ni
siquiera conjura de demonios. No hay nada. Nada. Pero es que
absolutamente nada.
Gabriel ALBIAC
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