|
Desmemoria histórica
Ahora que vuelve la Memoria Histórica, propongo la lectura del libro de
Pío Baroja «Miserias de la Guerra». El escritor vasco vivió en Madrid la
proclamación de la República y su desarrollo, igual que estallido de la
guerra. De sus cientos de experiencias, no me resisto a recopilar
algunas, por su actualidad. Cuenta cómo la Revolución del 34 fue
planificada por socialistas y comunistas como un golpe contra la
República: «En Madrid hubo tiros durante 6 días en toda la ciudad y
muertos y heridos por las calles. Los rojos intentaron el asalto al
Ministerio de la Gobernación a las 6 de la tarde del 7 de octubre».
(...)En las escuelas se cantaba «Fascio no, comunismo sí». Los chicos
aprendieron a decir que querían ser «maestros laicos». Ya en septiembre
del 35 «se produjo una epidemia de atentados. Cada barrio madrileño
tenía su ronda socialista. Vestían pantalón blanco y jersey azul, y cada
uno contaba con su bandera». (...) «Se seguían hallando armas y
explosivos por todas partes, continuaban surgiendo huelgas, se invadían
fincas, se producían incendios, había atracos a mano armada». Narra el
caso de «dos muchachos fascistas a los que seguía un grupo socialista
por Marqués de Urquijo, pistola en mano, deteniendo a todos los jóvenes
que encontraban, diciéndoles que eran de la policía». A estos dos, «al
encontrarles el carné de la Falange, los mataron a tiros». La quema de
iglesias era práctica permanente. «Empiezan los incendios en la iglesia
de Cuatro Caminos, el Instituto Salesiano, la capilla-colegio del Ave
María, las escuelas del Pilar, La Victoria de la calle Garibaldi.
Conatos de incendio en la iglesia de Raimundo Lulio, en la de San
Sebastián, en el convento de las Comendadoras, en el de los Franciscanos
del paseo del Cisne...».
Sobre el Frente Popular dice que «pregonaba el triunfo del comunismo» y
no pensaba más que en imitar la revolución rusa. Cuando aún se
desconocían al completo los resultados de las elecciones del 36, y dado
que se creyó que finalmente en la Cámara habría equilibrio de fuerzas,
unidos el centro y la derecha frente a la izquierda, el Frente Popular
se entregó a la violencia y se lanzó a la calle para apoderarse del
poder. Comenzó el desbordamiento de todo el país. Los presos se amotinan
en numerosas cárceles y las incendian, tomando rehenes y matando a
vigilantes. Durante la primavera abundan los atentados contra
personas. Tras el pronunciamiento, socialistas y comunistas «abrieron los
parques y dieron armas a todos los que las pedían. En julio y agosto hay
fusilamientos por todas partes, sobre todo en la Casa de Campo. (...)
Hacia el parque del Oeste y la calle Rosales, siempre hay tiros. Las
turbas mandan en la calle». Se transforma la estética de Madrid. Ya no
se dice «Adiós», sino «Salud». La gente viste mal: pantalones con
rodilleras, chaquetas con codos desgastados. Se impone un aire
cochambroso: el rico se disfraza de proletario. El autor cuenta cómo «he
tenido que levantar el puño como uno de tantos más». Hasta el ABC señala
su adhesión entusiasta al nuevo orden. En las corridas de toros se
impone el paseo de las cuadrillas con el puño en alto. «Comunistas y
socialistas se apoderan de hoteles y casas ricas, y llevan a las
milicianas trajes elegantes». Mucha gente es expulsada de sus casas. Se
prohíben las fiestas religiosas como la Nochebuena, los Reyes, etc.
Con todo, lo peor son los asesinatos. Baroja pone con amargura en boca
de uno de sus personajes cómo «la República decretó la abolición de la
pena de muerte, y luego ha resultado que no ha habido en España época en
la que se haya matado más gente». Cuenta con detalle los fusilamientos
en la prisión de Moncloa, llena de ex ministros republicanos, diputados
y militares. Un día «las milicias entraron en la cárcel practicando
registros en los cuales se despojó a los presos de alhajas, documentos y
dinero. Se obligó a todos a desnudarse y abrir la boca, descargando
sobre ellos empellones de golpes con las culatas de sus fusiles».
Decidieron fusilar a los presos. Y empezaron con una «matanza de
políticos». Bajo el pretexto de un incendio provocado, «dispararon con
ametralladoras desde las azoteas de las casas próximas al patio donde
los detenidos políticos paseaban. Treinta o cuarenta cayeron alcanzados
por las balas». Luego acusaron a los presos de otras galerías de la
masacre. Ocho anarquistas armados irrumpen y les dicen a los que quedan:
«Vamos a mataros aquí, en fila, por fascistas y traidores». Luego
discuten sobre si deberían fusilarlos en masa a todos, o sólo a los
políticos. Prevaleció lo último. Entre los ejecutados estaba Melquíades
Álvarez, egregio republicano y orador extraordinario.
También cuenta lo de la checa de Bellas Artes. Tenía el sótano
alfombrado con banderas rojas. Había allí tipos temibles, verdaderos
bandidos. Rincones donde se oían gritos de dolor y una pila de baño
llena de sangre. En la checa de la CNT se hizo popular «el paseo», del
que ningún arrestado «volvía por su propio pie». En la Dirección de
Seguridad había álbumes con 70.000 fotos de personas muertas, fusiladas
en los alrededores de Madrid, donde «todos los días encuentran diez o
doce muertos entre la hierba o las piedras».
Y así decenas de historias, contadas por Baroja y vividas o recogidas de
la calle en primera persona. Al olvido de todo esto, en vez de Memoria
Histórica, yo le llamaría Desmemoria Histórica.
José
Antonio VERA
.gif) |