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Derrochar para nada
Toda
esta zarabanda, para nada. Y no es imaginable que el que vota no lo
sepa: se hace con su dinero, este feo espectáculo. No hay folklórica tan
hortera cuanto el más comedido de los candidatos. Muy grande ha de ser
su certeza de no saber ganarse el sueldo de otro modo. Para hacer, así,
de caricaturas de sí mismos.
Toda esta zarabanda es un derroche loco: dinero como confeti. Dinero
público. Eso nada significa. Dinero que sale del bolsillo de cada uno de
nosotros. Sin excepción. No hay céntimo que tiren los partidos políticos
en sus verbenas que no se haya sacado de la billetera de quienes los
sufrimos. No de sus afiliados. Ni siquiera de sus ingenuos votantes. De
quienes los sufrimos. De quienes preferiríamos quemar ese dinero en el
fuego de la chimenea, antes que verlo pagar estupidez, mal gusto, feliz
burla por parte de aquellos que con nuestro trabajo alimentan su
parasitismo.
Todos la mar de sonrientes, felicísimos. Las fotos de un candidato
electoral son lo más parecido a las de un lelo terminal atacado de
cosquillas. Besa bebés, abraza viejecitas, soba las más inmundas
convicciones de su clientela. Se conmueve, arremete contra unos
fantásticos malos como de cómic para infante de menos de tres años,
baila en algún sarao, finge deleite ante los manjares locales o el
tintorro lugareño... Tan sólo la verdad le está proscrita. La verdad:
que todo es una charanga sin sentido. Que unas elecciones municipales
pueden perfectamente hacerse con campaña de máximo tres días y coste
cero. Tal y como serían, si el dinero de esta farándula hubiera de salir
de sus bolsillos.
Sale de los de usted, agobiado lector. Y de los míos. Sale de los de
cada pobre diablo que redondea como buenamente puede sus finales de mes,
atenazado por las hipotecas o la factura del cole de los niños. Sale de
las escasas vacaciones y del duro matarse día a día, al cual llamamos
vivir el común de los mortales. No ellos. Ellos hacen sus carísimos
teatros a lo largo de tres horripilantes semanas de vulgaridad. A cambio
de cuyo deslomador esfuerzo, adquieren el privilegio de vivir el resto
sin dar un maldito palo al agua. Eso, si son milagrosamente honrados. Si
los escrúpulos les son benévolos, no hay más que leer la ley del suelo
vigente para saber en que emplearán los pocos talentos neuronales con
que los dotó la madre Naturaleza. Y sí que darán un palo. Y de qué
envergadura.
Ya sé que es inevitable que los políticos me roben. Y que los políticos
municipales financien lo que sea -su cuenta corriente, por ejemplo-
mediante suculentas recalificaciones, impecablemente ajustadas a la ley
que existe. Me resigno. He aguantado ya tantas cosas en esta vida, que
ésta no es la peor; sólo casi. Sea. Pero es mucho pedir que si, por la
inexorable fuerza de las cosas y las leyes, deben ellos hacerse
millonarios a costa de mi bolsillo, tengan la bondad, al menos, de no
hacer tanto ruido; tengan la básica cortesía de no turbar el sueño de
este pobre pardillo al cual esquilman. Hace mucho que renuncié a pedir
honradez a los partidos. Me conformo con que, al menos, sean discretos.
Pero bien sé que pido demasiado.
Gabriel ALBIAC
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