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De política en farsa
La vida, sin
embargo, podría ser tan fácil? Aquí, digo, en un mundo medianamente
rico. Lo bastante como para que ceder la mitad de nuestro sueldo a
parásitos políticos no muy brillantes, pagara un plácido consenso de
silencio y sosiego a cambio. Eso hace diferente al mundo civilizado:
asalariar con cierto exceso a quienes garanticen el rodaje de la
peligrosa máquina llamada Estado. Permitirles, incluso, que roben un
poquito, sólo lo razonable, y hacer como que no miramos. Obtener de
ellos algo de calma: la inviolable muralla en torno a nuestras vidas
privadas. Y el olvido, cuanto más largo mejor, de todo cuanto
corresponda a la tediosa gestión de los asuntos públicos. No es pedir
demasiado, pienso, en contrapartida de esta resignación con la cual
aceptamos cargar con la manutención de tal funcionariado. Nosotros le
pagamos; por favor, no moleste. A eso se reduce, a fin de cuentas, todo
el pacto. Y está bien que así sea. O lo estaría. Y la vida podría, pese
a todo, ser, en lo que cabe, fácil.
Yo entiendo la amargura con que marca lo político a aquellas sociedades
cuya historia pisa el límite de lo material o moralmente insoportable:
cuando la vida y la muerte -la física como la anímica- penden de la
capacidad de resistirse a despotismos extremos, a miserias que aquí no
son siquiera imaginables. Lo fueron, es cierto. En pasados lejanos y
ominosos, de los cuales es mejor ceder el cruel balance a los futuros
historiadores, que puedan diseccionarlos con la indiferente frialdad de
quien trocea un fósil? Pero hacer de esos horribles residuos cebo o
señuelo en la caza del voto, se me antoja lo más inmoral con que pueda
agredirse a una ciudadanía adulta y próspera.
Hay mecanismos que ajustar, en la España de 2008. Remiten a problemas
materiales e institucionales que todos conocemos. Derivan, en su mayor
parte, de las tan especiales condiciones en las cuales se redactó la
Constitución del 78, y de lo que ha envejecido en un cuarto de siglo.
Las constricciones e inhibiciones de un texto redactado aún con un pie
en la dictadura, y todavía en el turbio universo de los equilibrios
mundiales fijados por la guerra fría, son infinitamente ajenos a un país
económica y socialmente normalizado y a un mundo en el cual otra guerra
-de religión ésta, y golpeando en el centro mismo de nuestras
metrópolis- recompone criterios y alianzas, hace tres décadas
inimaginables. Nada de los miedos de entonces queda en pie. Otros han
tomado su puesto.
Y todo el mundo lo sabe. Todo el mundo, menos quienes reciben sueldo
para ocuparse de ello: los políticos. Ni la ley electoral sirve ya más
que para el drama, ni puede seguir en pie la falta de independencia del
poder judicial, ni las arbitrarias nociones de «autonomía» y
«nacionalidad» consiguen otra cosa que hacer inhabitable el día a día,
ni política de neutralidad internacional dice ya nada.
Eso habría que afrontar. En su lugar, rancias retóricas -«izquierda»,
«derecha», «progresista», «reaccionario», «conservador», «socialista»?-
ocultan lo real, lo que nos hiere. Y en esa ocultación, y en ese olvido,
lo político se trueca en farsa.
Gabriel ALBIAC
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