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Cuando Homero iba a las eras    

  

Para las gentes que han pasado un poco largamente la cuarentena, incluso si son gentes de ciudad, las eras componían parte del paisaje de verano, aunque sólo fuera un paisaje de fondo, visto o entrevisto por unos instantes desde el tren o el coche.   
Pero en esos mismos tiempos, y mucho antes, las eras constituían el paisaje veraniego de otras muchas gentes que en el mundo rural de tierra adentro buscaban su descanso de verano, y en sus paseos de este tiempo, con el sol ya caído, las eras se alzaban a sus ojos como una pintura antigua, como la de los campesinos recolectando la cosecha en Brueghel, o la de los que aparecen como con traje casi cortesano en los Libros de Horas, o en los calendarios medievales.
Porque en aquellos tiempos se otorgaba la dignidad humana a todo el mundo mediante la idealización artística, y el llamado realismo sucio, o más bien asqueroso, no se había convertido en el único patrimonio artístico con que aparecerían las pobres gentes, al igual que los «palabros» tampoco se habían convertido en «las joyas de la Corona» de la literatura.
Ni eran de recibo las metáforas de los retóricos en joyería que convertían en oro los bucles de las muchachas y los haces de las eras.
Obviamente, los labradores no fueron nunca especialmente inclinados a metáforas de ninguna clase, como tampoco los poetas verdaderos, y por eso, por ejemplo, en Homero, en Virgilio, o en la Biblia, los haces son de espiga y paja, pero verdaderamente de oro, que no es el metal que lleva este nombre, sino el brillo de un ascua ardiente y rubia como cuando da el sol en un mosaico bizantino.
Pero lo que quería decir es que esos labradores no podían sentir ninguna tentación retórica, al contemplar sus eras, sino que tenían que ponerse a medir necesariamente la inanidad o el beneficio en que acababan sus trabajos de todo el año; y el paisaje de la era resultaba así para ellos escasamente idílico o romántico, sino algo similar a los balances de diciembre en otros oficios.
Pero, en los años difíciles de la post-guerra civil, por ejemplo, también eran otros ojos, y otros dedos, o apuntamientos, los que hacían cábalas ante los montones de mieses ya limpias: los de los funcionarios estatales que llegaban a fiscalizar la producción de cereales, para señalar la venta obligada que de aquéllos había que hacer al Estado, y no hará falta enfatizar mucho con cuánta precaución y temor eran recibidos por los labradores, y cuánto alivio o descontento, o cólera contenida, se sentía cuando marchaban.
¿Y cómo no pensar, entonces, que de este mismo modo habría sido esperado y despedido el señor Miguel de Cervantes, cuando andaba recogiendo aceite y grano por Andalucía, también en nombre del Gobierno? ¿Y qué pensaría él mismo?
Se asegura, según nos dicen los que han trasteado su vida, que ése no fue un tiempo de ella en el que el señor Miguel de Cervantes escribiera gran cosa, o, más bien, nada, porque esos asuntos de los dineros, y las administraciones no parece que dejen amorosa precisamente la tierra de siembra en los adentros de los otros asuntos del narrar y la poesía; aunque estas cosas nunca hay manera de saberlas. En una muchacha que ahechaba trigo, y que a los demás labradores y alcabaleros, exactamente como a Sancho, no les parecía sino lo que veían, a don Quijote y a Cervantes, les pareció una princesa, como a Ortega una muchacha soriana con un harnero le pareció una Virgen de retablo.
¿Y no sería bastante alto palacio o precioso retablo una era, en una prima mañana, cuando ya está tendido el toldo azul del día, se oye el canto de la alondra, y nos llega el olor de la mies húmeda por el relente de la noche, que huele a comienzo del mundo? Al cabo de milenios, todavía no hemos acabado de percatarnos del mundo y del transmundo que hay, sin ir más allá, en un librito de cuatro hojas, en torno a dos enamorados, Ruth y Booz, y su encuentro en una era.
Cada cual cuenta de la feria según le va en ella, y al fin y al cabo, los paisajes que vemos son los que proyectamos, porque nosotros nos los construimos. El matojo de hierba que crece, canijo, en un lager, puede dar sombra al ánima de quien, allí preso, lo mira con amor, y alzar toda una arboleda por la que discurre un regatillo, y parecer y ser el Paraíso, con el Éufrates y el Tigris incluidos.
Por eso mismo los pastores renacentistas hablaban como filósofos y don Quijote hablaba con altos conceptos a los cabreros. Todavía no se había inventado explicar lo mejor del hombre por lo peor de su miseria y condición, y sentirse satisfechos con esta basura; sino que se podía encontrar allí, sentado en la era, al propio Homero hablando de las cosas hermosas y terribles que, como recuerda Faulkner, son las que nos han hecho humanos.

 José JIMÉNEZ LOZANO. Premio Cervantes