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Contaminación
radiactiva
Da pánico pensar las consecuencias del uso de sustancias radiactivas por
grupos terroristas. Si protagonizaron la barbaridad del 11 S y el 11M,
pueden hacer cualquier otra cosa que se les ocurra. Hasta ahora no lo
han hecho porque quizás no han tenido oportunidad. Si una dosis mínima
de polonio 210 es capaz de generar la psicosis que vive hoy Gran
Bretaña, no quiero imaginar lo que sería una sustancia similar en manos
de terroristas dispuestos a disolverlas en depósitos de agua o
alimentos. El caos sería total. Y es que no estamos preparados para
enfrentarnos a una crisis derivada de un accidente o atentado
radiactivo. En Chernóbil vimos cómo el peligro potencial se extendía
hasta 500 kilómetros del foco. Lo de Hiroshima y Nagasaki es mejor no
recordarlo: tras la explosión no quedaron en el lugar ni insectos. Pero
es que hoy el mundo está sembrado de misiles atómicos con un poder
destructivo 65 veces superior a la bomba de Hiroshima. Y no siempre está
claro que quienes los manejan sean gente responsable. ¿Quién controla
las armas nucleares de la antigua URSS? ¿Están preparados para hacerlo
Ucrania, Bielorrusia, Kazajstán o Azerbaiyán? ¿Lo están Pakistán y la
India, Irán o Corea?
Vemos la alarma que genera un simple caso de envenenamiento con polonio
210. De una u otra manera se cree que 30.000 personas han podido
exponerse a la sustancia empleada. Se da la circunstancia de que el
p-210 sólo actúa dentro del cuerpo humano, pero el problema es que el
propio cuerpo rechaza el polonio y expulsa al exterior entre un 60 y un
90 por ciento de la cantidad ingerida. Luego quedan rastros de la
contaminación en la mayoría de los sitios por los que Litvinentko pasó
tras ser envenenado. Por supuesto en el hospital, pero también en las
cafeterías y restaurantes, y como se ve, en los aviones que pudieron
emplear los envenenadores, o las personas que fueron contaminados por el
p-210 expulsado por el espía en los lugares en los que estuvo antes de
morir. Aunque no contagia persona a persona, sí es cierto que la
contaminación radiactiva se puede expandir, si bien al tratarse en este
caso de radiación alfa, es más difícil que penetre en el cuerpo si no es
por inhalación de humos o a través de una herida.
No conviene alarmar, pero importa poner el acento en la perversidad del
arma radiactiva, pues una vez en funcionamiento su propagación es
imparable.
Lo peor es pensar en la facilidad con la que determinadas personas
pueden tener acceso a sustancias radiactivas en la extinta URSS. Si
llegan a las mafias, éstas las podrían suministrar a grupos terroristas.
Y éstos emplearlas. No ya sólo armas o minibombas sucias de efectos
mortales inmediatos, sino componentes habituales de laboratorios y
centrales, con efectos parecidos a los del polonio 210.
Para tener una idea del problema, basta decir que las pruebas nucleares
que se han realizado en el mundo (la última, Corea del Norte), han
extendido la contaminación por estroncio 90, que una vez que penetra
permanece en el organismo durante años. No mata al instante, pero muchas
de las modernas epidemias de anemia, leucemia y sarcoma de huesos tienen
su origen en el estroncio 90. O en el yodo 131. Tras el desastre de
Chernóbil, se encontró un brusco aumento de la contaminación por yodo
131 en el agua de la lluvia y en los vegetales y la leche. Hay que tener
en cuenta que algunos isótopos como el kripton, el tritio o el estroncio
son radiactivos durante 10, 12 y 28 años, respectivamente, pero otros
como el plutonio o el uranio-235 lo son durante 24.000 y 713 millones de
años. No así en el polonio 210, cuyo periodo de desintegración es de 138
días. Aunque el problema del p-210 es que hay más de lo que parece. De
los 4.000 contaminantes que tiene el tabaco, el p-210 es el único
componente del humo del cigarro que ha producido cáncer por sí mismo en
animales de laboratorio por inhalación. Los tumores aparecen con un
nivel de p-210 cinco veces menor que la dosis de una persona que fuma
mucho. Últimamente se ha sabido que el nivel de polonio 210 en el tabaco
americano, por ejemplo, se ha triplicado, fundamentalmente por el uso de
fertilizantes fosfatados en los cultivos. Como consecuencia, las hojas
del tabaco adhieren en su envés depósitos de plomo 210 y polonio 210. A
la temperatura de combustión del cigarrillo, se volatiliza e inhala,
siendo inútiles los filtros de los pitillos, nada efectivos contra los
vapores radiactivos. De ahí que puedan encontrarse restos del polonio
210 en muestras de sangre y orina de los fumadores. Tan es así que el
cirujano Everett Koop declaró que es la radiactividad, y no el alquitrán
ni la nicotina, la responsable del 90 por ciento de los cánceres de
pulmón atribuidos al tabaco.
Pero este es otro debate. Sirve de ejemplo para ilustrarnos sobre los
efectos de la radiactividad. En contacto directo es letal al instante.
Absorbida poco a poco, de manera constante durante años, también es
perversa. Si ya tenemos a nuestro alrededor suficiente radiactividad
«natural», Dios nos libre de los desalmados que puedan emplearla en
grandes dosis para envenenar o aterrorizar al mundo.
José Antonio VERA
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