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Conspiración de silencio
Que un grupo de confidentes policiales asesine a 192 personas, deje
cientos de heridos y mutilados, cause un destrozo material de dimensión
apocalíptica y un derrumbe político y moral que aún no ha tocado fondo,
es difícil de entender. Que, de entre esa homogénea partida de
confidentes musulmanes, todos los ejecutores directos resultasen muertos
en el oscuro asalto de Leganés, es menos que poco verosímil aun para la
más tosca novela de espías. Que, al frente de la misma unidad central
operativa de la Guardia Civil que hizo ojos ciegos al tráfico dinamitero
entre Madrid y Asturias, estuviera un sujeto imputado como recadero del
dinero más pútrido de Rafael Vera, es sencillamente una vergüenza
imperdonable para quienes gobernaban: los hombres de un PP más empeñado
en eludir la venganza de los corruptos fontaneros que en Interior dejara
el PSOE como envenenada herencia, que en cumplir los compromisos de un
programa electoral que había hecho estandarte de la lucha contra la
corrupción y el terror de Estado. Que nunca -nunca- hayamos llegado a
saber -que estemos convencidos de que jamás sabremos- algo tan
elemental, tan previo a todo, como cuál fue el explosivo que hizo añicos
la Constitución española aquel 11 de marzo de 2004, no puede caber en
cabeza medianamente adaptada a una condición ciudadana que no esté por
completo enferma. Que nada en el sumario, al cabo de tres años de
investigación, encaje con nada, da -debería dar, al menos- mucho más
miedo que el atentado mismo...
Ya sea incompetencia, ya complicidad, ya algo sin comparación más
peligroso, algo a lo cual escalofría llamar siquiera por su nombre, los
términos de bien tejida niebla, sobre los cuales va a abrirse esta
semana la vista ante la Audiencia Nacional, no pueden sino movernos a
una constancia desoladora: la de ser juguetes indefensos, en manos de
gentes de las cuales ni siquiera tenemos claro si son monstruos o
imbéciles. En grado infinito. Nada hay peor para la libertad que eso: la
durísima constancia de que ni ley ni sentido común rigen a partir de un
cierto nivel en la jerarquía del Estado.
Media docena de pobres diablos -asesinos tal vez, o tal vez cómplices,
pero pobres, ínfimos diablos en esta descomunal historia- va a cargar
con la plúmbea lápida bajo la cual aplastar cualquier memoria de lo
sucedido: islamistas de medio pelo, con un pie en la delación a sueldo y
el otro en el trapicheo de barrio, coleguis dinamiteros bien vistos en
comisaría... Ni una sola pieza importante; ni un cerebro, ni un
dirigente, ni un enlace. Sospeché, desde el primer día, que no
conoceríamos lo sucedido. Tras la, aún inexplicada, violación de la
tumba del GEO muerto y tras la reducción de su cadáver a ceniza, la
sospecha tuvo, para mí, tintes de certeza. Hoy, tres años después, y
ante el inicio de algo con más de farsa teatral para sedar audiencias
que de intervención judicial rigurosa, sé que jamás sabremos nada.
Demasiados intereses están en juego. Y demasiado altos. Nadie en
política -digo nadie- quiere siquiera oír hablar de que la verdad se
sepa. Porque ningún Estado sobreviviría a una verdad de ese calibre.
Gabriel ALBIAC
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