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Como regaderas
No llueve, porco Gobierno. En Barcelona, al vecindario se le seca la
garganta y a sus gobernantes, el cerebro. En esta España poblada de
políticos que están como regaderas, vuelve el culto al botijo y los
municipales se dedican a la caza del ama de casa que lava las alfombras
a manguerazos. Los padres del nuevo Estatut nacionalizaron los ríos,
pero se olvidaron de blindar la lluvia y ahora le piden agua a Almería,
la provincia más desértica del país que imploraba una limosnita del
Ebro, por el amor de Dios, y le dieron con el cazo en las narices. Por
ahí ha aparecido un conseller de Medio Ambiente, de nombre Baltasar, al
que le suenan las cañerías y se ha empeñado en montar cabalgatas para
acarrear agua hasta Canaletas. Su eficacia es la misma que si pidiera a
la Agrupación de Sardanas que bailara la Danza de la Lluvia. La última
ocurrencia del conseller Baltasar es abastecer la ciudad con centenares
de cubas que llegarían en tren, al ritmo de cuatro convoyes diarios.
Pues nada, hombre, que sea en Cercanías y se encargue de la logística la
Maleni Álvarez, cuya relación con el tren es la misma que tuvieron los
apaches con el «caballo de hierro»: hicieron todo lo posible para que
llegara con retraso. En esta tragicomedia que es la política hidrológica
española, que ni es política ni es lógica, el conseller Baltasar es el
personaje perfecto del espectáculo, el prototipo de gobernante miope y
chafardero capaz de culpar a los Reyes Católicos de su incompetencia.
Barcelona se parece cada vez más al Egipto de las siete plagas, con la
diferencia de que son preferibles las langostas a los políticos
demagogos y tramposos. Mientras tanto, el Ebro guarda silencio, muerto
de vergüenza ajena, en su camino hacia el mar, desbordante y generoso.
Luego vendrá Narbona y lo desalará para que Baltasar haga de rey mago.
J.
A. GUNDÍN
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