INICIO

Civilización sin tabúes  

 

E l asunto de las trituradoras de fetos en una clínica de Barcelona ha debido de hacer rechinar el ánima de muchas gentes sencillas y corrientes, aunque, desde las filas de los verborreicos políticos y guardianes de la cultura, no ha salido ni una enunciación retórica de condena, entre las que tan abundantemente nos sirven cada día. Pero no debemos extrañarnos. Cuando el deán de San Patricio, el Reverendo Jonathan Swift, propuso aquella receta social para acabar con la pobreza, sugiriendo que los hijos de los pobres que estaban en su más tierna edad formaran parte del menú de las grandes mesas, fue un ramalazo de sarcasmo poderoso el que sacudió a muchos en aquella sociedad inglesa del XVII. Y Gil de Rais o la condesa Battori, gentes muy altamente situadas en la sociedad de su tiempo, colgaron de la horca por haber cometido horrendos crímenes con niños y jóvenes, y el horror de esos crímenes, apenas pensables para los hombres de su tiempo, duró siglos. Y todavía uno de los dibujos de los «Caprichos» de Goya revolvía los estómagos de los españoles, porque allí se representaba a una abortadora profesional, o una suministradora de niños a los Gil de Rais y las Battori del tiempo, llevando un capazo del que asomaban partes de los cuerpecillos de los fetos o los niños. Pero es claro que, hoy, todos ellos los estazadores de niños, y, desde luego, los Gil de Rais y las Battori, estarían en la televisión contándonos sus interesantes investigaciones libres de los viejos tabúes, «leyendas antropológicas», y éticas retrógradas sobre la significación especial de la vida humana.
La civilización actual está avezada a los jueguecitos de las vanguardias y de los «ismos» de entreguerras que luego se tradujeron enseguida en sangre y crímenes reales, porque los totalitarismos que siguieron, rojos o pardos, hicieron realidad de destrucción y muerte todos esos juegos e inventaron muchos más. Y seguimos jugando tan tranquilamente a ellos, porque el espíritu de Kolyma y Holocausto se ha enquistado profundamente en nuestra civilización. La barbarie misma de aquellos totalitarismos, en efecto, ha sido luego vertida en fórmulas políticas, científicas, de alta cultura, solidaridad y humanismo, de manera que no sólo se ofrecen espectáculos de genios en los que la dignidad humana es puesta a irrisión, sino que, evacuada la noción misma de persona, todo queda en un simple entramado neuronal más complejo que el de los otros animales, y el único problematismo que suscitan el individuo hombre y su especie queda reducido a las normas generales de utilitarismo social, y cuestiones de organización de granja y ecologismo. Y en un sistema de discriminación positiva a favor de otras especies, ya que la humana es la gran especie depredadora, sobre todo en razón de la letal cultura europea judeo-cristiana. Por el contrario, es obligado optar por una cultura que tenga a la muerte o el no nacimiento como integrados al progreso, en la espera por lo menos de que, según algunas eminencias demiúrgicas, una gran catástrofe universal o una pandemia alivien al planeta del asfixiante peso del «homo sapiens sapiens», o por lo menos de los ejemplares individuales «sin calidad de vida».
La historia va hacia su plenitud desnichando tabúes, y ésta es la hora en la que, para la honorabilidad intelectual y estética, es preciso machacar los productos de la cultura y el «ethos» de treinta siglos, a la vez que se derraman melancolías sobre unos supuestos valores perdidos. Pero consolados por los nuevos descubrimientos: ya no hay víctimas, son meros accidentes del tráfico de la Historia, coste de los avances sociales, mero material de laboratorio como la «Justine» del señor Marqués de Sade.
El viejo Heródoto decía que los bárbaros no entendían por qué los griegos enterraban a sus muertos, mientras que ellos se los comían, pero los griegos sí entendían por qué los bárbaros hacían esto, y que, en este hecho de entenderlo, consistía la civilización. Pero no estamos nosotros para estos matices tan antiguos y discriminatorios.

 José JIMÉNEZ LOZANO