El caso Svetlana
NADIE se puso a pensar que el compañero de Svetlana
era en realidad un monstruo que la asesinaría después de sorprenderla
con su insana presencia en un programa de telebasura. Nadie comprobó que
la sorpresa que el programa deparaba a Svetlana era en realidad una
muerte súbita. Porque esos y otros programas no están pensados, están
sólo producidos en función de la cuota de audiencia que puedan alcanzar
y, por lo tanto, en la rentabilidad publicitaria que ofrezcan y los muy
modestos costes con los que se manipule a los invitados y a la propia
audiencia. Se trata de programas que son, simplemente, un negocio porque
en la comunicación -en sentido lato- funciona la perversa coartada según
la cual hay que ofrecer al público lo que el público quiere ver. Esta
afirmación es ya canónica en el sector y encierra la abdicación más
radical a la función pedagógica y de la responsabilidad social que los
medios deben asumir en un régimen de opinión pública y enteramente
mediatizado.
Cuando la temeridad se convierte en una pauta de
trabajo y la instigación de las pasiones -sean del género que sean- es
un objetivo para buscar antes que el raciocinio la emocionalidad, pueden
ocurrir y ocurren casos como el de esa pobre criatura llamada Svetlana.
Así como el mal, según Arendt, podía ser -y lo fue- banal, también la
imprudencia puede serlo, y no extraer alguna lección de esa práctica
anormal transformada en código de conducta mediática en algunas
instancias sería dolosamente incívico.
En España, a una velocidad de vértigo, se han
rebasado unos infranqueables límites éticos en la comunicación como
consecuencia de la deformación patológica de la prevalencia del derecho
a la libertad de expresión e información que estableció en su momento el
Tribunal Constitucional al desentrañar el artículo 20 de la Carta Magna.
Cuando la jurisdicción de garantías constitucionales interpretó que esas
libertades se sobreponían, en determinados casos, a otros derechos y
libertades, no los convertía en oceánicos ni en ilimitados, sino que los
insertaba en una sinergia de facultades, libertades, derechos y
obligaciones a administrar con sentido común y responsabilidad social
desde todas las escalas colectivas y, en particular, desde los medios de
comunicación. Transformar el entretenimiento en un espectáculo de circo
romano; confundir la realidad con la excepcionalidad elevándola a
categoría rutinaria; mostrar las miserias de las gentes a la
contemplación inmisericorde de una anónima audiencia que, desarticulada,
se lamenta tanto como se regodea en unas imágenes y en unos lenguajes
tan ínfimos, constituye una lacra y, como se ha visto, por desgracia,
una tragedia de naturaleza ya irreversible: el asesinato de Svetlana.
La reclamación, puramente reactiva y carente de
credibilidad, de que los medios se autorregulen es, ni más ni menos, la
expresión de una impotencia. Porque las televisiones y los periódicos
-incluso las radios con sus denominados idearios- ya disponen de códigos
deontológicos, que son, simplemente, papel mojado. Cuando los mecanismos
de autorregulación no establecen sistemas de control y de verificación
-eventualmente, de sanción mediante el reproche profesional público-
esos códigos deontológicos sólo sirven para anestesiar conciencias
livianas y cubrir el expediente ético de algunos. La expulsión de los
periodistas profesionales, con trayectoria y solvencia cívica, de los
medios masivos y su sustitución por intrusos que invocan las libertades
constitucionales, e incluso las profesionales del secreto y la cláusula
de conciencia, para perpetrar sus fechorías es una de las causas de la
situación por la que estamos atravesando, aunque no la única.
El propósito de espectacularizar la noticia,
hacerla más morbosa y adictiva, constituye la deriva amoral de no
entender la convivencia desde parámetros de civilidad en los que deben
jugar determinados valores y principios. El aburrimiento puede llegar a
ser una sensación protegible en un régimen democrático cuando la
alternativa es el histrionismo, la imprudencia, la inmisericordia y la
banalidad. El caso Svetlana supone el paroxismo -una especie de
finisterre mediático- que resume lo peor de lo que está sucediendo en
ese orden de cosas.
Pero esta tragedia amoral tiene algunos
cooperadores necesarios: los que con el concurso financiado del relato
de intimidades y truculencias, tanto sexuales como de conducta,
responden a preguntas que son sólo la entradilla a un espectáculo
simulado. Se comercia con el maltrato psíquico y físico de hombres
contra mujeres; con la fidelidad y la infidelidad de las parejas; con
especulaciones injuriosas e incluso calumniosas; se manejan hipótesis
verosímiles e inverosímiles, pero en todo caso excitantes, y todos ganan
dinero: los que preguntan y los que responden. La dignidad a cambio de
denarios sin ninguna reprobación social. Al contrario: de la telebasura
o la radiobasura o la prensa-basura el salto a la fama es perfectamente
previsible, o a la literatura, o al cine, y, en todo caso, a la
ornamentación de saraos, festejos y jolgorios varios. El éxito -la
imagen del éxito- se adosa a estos comerciantes de escabrosidades. Y la
rueda sigue como sigue el negocio. Y llega un caso Svetlana y muchos se
extrañan.
Es irritante, además, que aquellos que participan
de una u otra forma -autoría material, inducción, colaboración
necesaria, complicidad o encubrimiento- en este montaje farsante se
reclamen miembros de una comunidad profesional como la periodística. No
lo son aunque los periodistas -esos que vivimos de nuestra nómina sin
más pretensión que ser lo que somos (en todo caso dignos)- estemos
sumidos en un exilio de silencio y resignación, inermes y alarmados ante
este dislate y barridos por un tsunami de eufemismos tramposos que está
horadando la nombradía de este bello y necesario oficio.
Confieso que el asesinato de Svetlana me ha
conmovido, impactado, indignado y afirmado en una impresión que
compartimos muchos profesionales de la información: no cabe atribuir la
responsabilidad concreta a una persona, a un programa o a una emisora de
televisión. Es el sistema mediático el que falla, es la capacidad de
absorción de la basura mediática la que frustra una reacción social, es
la inmadurez de nuestro sistema de convivencia la que no permite que
prospere un llamamiento institucional a poner coto a estos
despropósitos. Es verdad que la realidad siempre supera a la ficción,
pero hay realidades que deben estar en el psiquiátrico, o en la cárcel,
o cubiertas para preservar la dignidad de las personas, pero no
expuestas al aire, indiscriminadamente, haciendo mella -cincelando
malamente las categorías morales de los ciudadanos- en el universo de
valores cívicos de la sociedad. Asco.
JOSÉ ANTONIO
ZARZALEJOS.
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