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Carta de caperucita

 

Hubo tres finales: el auténtico, Caperucita Encarnada es devorada por el señor del bosque, el Lobo Malo. La Abuela, otra de lo mismo. Una tercera: el joven Walt Disney lanza al Lobo por la chimenea, vienen los Tres Cerditos y todos felices.
Reflexionaba yo sobre el tema, mientras llovía intensamente. El verano había terminado y necesitaba reanudar mis relaciones - postales se entiende- con Caperucita. ¿Cómo estará la pobre? Hecha una pasita? Pensé? Claro que me lleva más de ciento cincuenta años?
Hace un par de días recibí carta de Caperucita Roja, un poco melindre, esa es la verdad. Después de saludarme cortésmente, pero sin calor alguno, me contaba que había pasado el verano en Odense -no confundir con Orense- invitada por el señor Hans Christian Andersen. Allí conocí a Peiter -me dice- a «La Tonta del Verano», que resulta que era una flor y a «La Tía Dolor de Muelas», que siempre se estaba quejando. Comprenderás que me aburrí mucho, porque yo -como no ignoras- soy de marcha acelerada. En Dinamarca, al menos por aquellos pagos, no quedan lobos y tú sabes de sobra que son mi especialidad. Un día fuimos a la ópera en Copenhague, pero la verdad es que a mi la ópera no me cuadra. No debía escribirte, porque se te ha pasado, una vez más, el día de mi cumpleaños. Cuando vuelva a casa, al bosque se entiende, procuraré contestar a tus preguntas, aunque yo no sé nada de máquinas electrónicas: eso es cosa de la abuela. Creo que ya te he dicho más de una vez, que la historia de los leñadores es pura y ridícula invención: el lobo nos almorzó y paz y después gloria. Las quejas al maestro armero. Recibe un beso, que no te mereces, de Caperucita Roja. ¡Yo soy roja! ¿Te enteras? ¡No encarnada! Firma Caperuza.
La verdad es que me conmovió la carta de la vieja Caperuza, que sigue instalada entre mis libros y ahora con mucho más motivo.
A la salud del glorioso trío: Andersen, Perrault y los Grimm, que son dos pero parecen uno, como los Álvarez Quintero, los Machado, los Billy o los Martínez Sierra, por ejemplo? Por último me bebí una copa de vino mágico? Del Rin o del Pirineo, sin ir más lejos.
«Érase una vez una aldeanita, hermosa como nadie pudo imaginarla: su madre la quería tanto que estaba loca por ella y su abuela más todavía. Habíale dado la abuela un gorrito encarnado y le sentaba tan bien que todo el mundo la conocía con el nombre de Caperucita Encarnada». Sorry, Caperuza, pero en mi libro pone encarnada.
Corte brusco. Pasaron doscientos cincuenta años o más. Caperucita era una adolescente en toda regla y los chicos empezaban a fijarse en ella y con más intención un caballero americano, al que decían Walt Disney, que en realidad se llamaba José Guirao Zamora. El señor Guirao Zamora recreó su historia en un invento al que dicen cine y se sacó de la manga a tres vecinos como tres cerditos, que en realidad no pintan nada en aquel bosque. Luego unta de miel a Maese Lobo e incluso lo viste de hada: es decir, humilla al Malo, al que añade el adjetivo Feroz y una situación ridícula: lo mete en la cama, después de disfrazarse de abuelita. Llega Caperucita, que no sospecha de nadie, pero lo sabe todo. Caperucita se desnuda -como Lolita- y el Lobo, que ya sabemos que es la víctima, cumple su destino y se convierte en un desgraciado. Ni tres cerditos, ni nada, ahora quien importa es Caperucita Roja, la estrella. Y no hay segunda intención.
Ya ha terminado el verano. Váyase con viento del desierto. El señor Perrault no entendería nada. Las calles de nuestra ciudad están llenas de lolitas camino del cole. Las caperuzas vuelven contando aventuras que avergonzarían a las pobres abuelitas. Su lenguaje es tabernario y, por desgracia muy simple. Abunda el verbo joder, en varios sentidos, la palabra tía o tío se calca millones de veces? Y otras que aún se me resisten? Las deliciosas boquitas de las caperuzas, claudinas y lolitas están surtidas por dos docenas de vocablos, los mismos que entienden los perros de casa? Y otros aún más limitados: tía, tío, vale-vale-vale-vale? La verdad, la verdad, la verdad? También les ocurre a los futbolistas y a los toreros y si nos descuidamos a los maestros de las caperuzas.
Quien se mantiene incombustible es Monsieur Perrault, padre incestuoso de Caperucita: «Se ve por este cuento que las niñas, sobre todo las que tienen bonita la cara y gentil el talle, hacen mal en dar oídos a todo el mundo, pues su imprudencia puede costarles cara. Un lobo se comió a Caperucita. Bueno será que se tenga en cuenta que no todos los lobos son iguales. Los hay que corteses y agradables siguen y enamoran a las jóvenes en las casas y en los paseos. Estos lobos son ¡ay! los de más peligro».
No tema usted, monsieur Perrault. Hubo algunos lobos temibles, sobre todo en el cine, que no llegó usted a conocer. Yo sé de tres ejemplares capaces de medirse con aquellas chicas perversas: se llamaron George Sanders, Charles Boyer y Robert Mitchum. Tenían un ayuda de cámara al que decían Boris Karloff. Bueno, pues ni por esas.

Jaime de Armiñan