«Call me Sebas (pronúnciese say-bass)!»
EL
bueno de Rodríguez es malo, aunque sin pasarse, pues Marañón, que
estudió el resentimiento en la biografía de Tiberio, sostenía que la
cantidad de maldad necesaria para que incube bien el resentimiento no es
nunca excesiva, y Rodríguez, por lo que dice y por lo que hace, es un
resentido, pasión que, según Marañón, suele desatarse en la
adolescencia, cuando el sentido de la competencia y el sentimiento de la
preterición, fuente del resentimiento, se inician.
-Entre los pecados capitales no figura el resentimiento -se quejaba
Unamuno-, y es el más grave de todos.
El
resentido, resume Marañón, tiene una memoria contumaz, inaccesible al
tiempo (¡ah, esa ley de la memoria histórica!), pero no es
necesariamente malo. Rodríguez, sin embargo, tiene cosas de malo, malo,
malo. Así, igual que el hijo de Felipe II torturaba a sus gatos, el
nieto del capitán Lozano tortura a sus fantasmas. Siendo, por ejemplo,
el amigo mundial de las tías, envía a un maltratador a hablar con Otegui,
que no tiene pinta de ser lo que en el Norte se entiende por un tiarrón.
O siendo, igualmente, el amigo mundial de la paz, envía a hacer la
guerra -sucia, por supuesto- contra Gallardón, que desciende de Albéniz
(«¡oh, pupila de azor, corazón sano!», le escribió Lorca en el epitafio)
a un bigardo con dotes de chulazo de zarzuela como Sebastián, «call me
Sebas (pronúnciese Say-Bass)!»
Está visto que, para su revolución pendiente -en España, todas las
revoluciones pendientes se reducen a matar curas y comer jamones-,
Rodríguez teme más a Gallardón que a Rajoy. Por eso la entrada de
Sebastián a Gallardón en TV fue tan golfa como la de Goicoechea a
Maradona, obviando la ralea verdaderamente reaccionaria de estos progres
viejos, cuáqueros del sexo y solteros de la bragueta. («Cuáquero de las
letras» y «soltero de la poesía» era como el jesuita Cejador llamaba a
su enemigo literario, el jesuita Miguel Mir.) ¿Acaso los partidarios de
Clinton -el mismo sobre quien George Will creyó razonable pensar que fue
un violador- no tuvieron las pelotas de llamar «abusador sexual» a
Schwarzeneger? Los gansos de progreso encargados de prevenirnos del
fascismo con sus escandaleras resolvieron desde el principio que un
personaje de la solvencia progresista de Clinton únicamente podía ser,
en el caso de la becaria, la triste víctima de un matrimonio casto por
culpa de una esposa frígida. Para entendernos: estos mismos gansos
habrían ignorado los devaneos del «neocom» Wolfowitz en el falansterio
del Banco Mundial sólo con que la imponente Shaha Alí Riza hubiera sido,
en vez de una novia, la esposa. También lo previno Marañón:
-Suele ser esta falsa virtud del resentido afectada y pedante, y alcanza
en ocasiones la rígida magnitud del puritanismo. El resentido es siempre
una persona sin generosidad.
Sebastián, no es, desde luego, una lumbrera intelectual, pero, si se ha
metido en el papel zarzuelero de apagar la luz eléctrica a salivazos o
mojar pan en el vermú, no es para ganar la Alcaldía de Madrid, empresa
imposible para él, sino para, mordiendo a Gallardón, asegurarse una
recompensa ministerial, a lo Bermejo. Sebastián, que nunca triunfó en la
empresa privada, o Bermejo, que nunca fue reconocido por sus compañeros,
son covachuelos de la España eterna: aquellos covachuelos que en sus
«Memorias» describe fray Servando, el dominico mejicano desterrado en
Europa en los días de Napoleón.
-En España los verdaderos reyes son los covachuelos.
Díceseles covachuelos porque las secretarías donde asisten están en los
bajos o covachas de Palacio. Como el puntapié por la espalda de
Goicoechea a Maradona, así el de Bermejo a Rubio -no es una
decoloración; fue un linchamiento- o el de Sebastián a Gallardón. «¡Es
que a mí me había llamado Don Nadie!», se justificó Sebastián. «Don
Nadie -explica Octavio Paz del Don Nadie español- es funcionario o
influyente y tiene una agresiva y engreída manera de no ser.»
He
aquí la conclusión de Marañón:
-El resentido, gran aficionado a los anónimos, ronda en torno del
poderoso; lo atrae y lo irrita a la vez. Este doble sentimiento lo ata
amargamente al séquito del que manda. El resentimiento es incurable.
IGNACIO
RUIZ QUINTANO
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