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Apoteosis de la demagogia

 

La demagogia, moneda corriente de la política, suele alcanzar cotas destacadas en lo referido al mercado de trabajo, como acabamos de ver en el debate sobre las llamadas 65 horas, que por supuesto no son tales ya que nadie pensaba obligar a nadie a trabajarlas. Todas las mercancías averiadas del progresismo aparecieron nuevamente en los escaparates, y los medios se llenaron de solemnes titulares -la palma se la llevó «El País» con esta bobada: «Europa deja solo al trabajador». Es curiosa la reiterada apelación al horrible regreso al siglo XIX, porque el pensamiento único sugiere que esa centuria es paradigma de la miseria, con lo que el bienestar de los trabajadores habría sido gozoso en el siglo XVIII. Toda la polvareda políticamente correcta es muy distraída, y pretende ocultar algunas verdades incómodas. La principal es que los políticos jamás han ayudado a los trabajadores a aumentar sus salarios y a reducir la jornada laboral, porque simplemente no pueden hacerlo. Esa jornada depende, igual que las remuneraciones, de la productividad del trabajo, y si la jornada laboral ha disminuido es sólo porque los trabajadores son más productivos, y no gracias a ninguna «lucha» por ningún «derecho social». Esto no quiere decir que las autoridades no sean capaces de influir sobre el mercado de trabajo. Al contrario, influyen y mucho. Por ejemplo, los salarios mínimos, las negociaciones colectivas, las innumerables regulaciones y costes sobre horarios, contratación y despido, todas esas medidas han sido iniciativas solidarias y progresistas que han contribuido a aumentar el paro.

 Carlos Rodríguez BRAUN