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Antimaquinismo

 

HAY en cierta izquierda un viejo resabio antimaquinista, una especie de atávica melancolía preindustrial, que tiene al automóvil como fetiche perverso sobre el que se proyectan los mitos del retroprogresismo. El coche, antiguo símbolo pequeño burgués de autonomía personal, se ha convertido en el muñeco de vudú en el que se clavan los alfileres de la culpabilidad contemporánea. Incapaz de encontrar soluciones urbanísticas o energéticas a los problemas del crecimiento moderno, este izquierdismo rancio se maquilla de verde para disfrazar su impotencia ante la responsabilidad de un poder con el que no sabe ofrecer respuestas. Y apela al prohibicionismo, arma reaccionaria por antonomasia, como fórmula para contener los desafíos que no sabe solventar: prohibido fumar, prohibido correr, prohibido gastar, prohibido beber, prohibido circular. Es más barato que mejorar las carreteras, que diseñar las ciudades, que construir hospitales, que mejorar los transportes públicos o que incrementar la potencia eléctrica sobre la que descansa la independencia industrial de una nación. Y esconde la vieja intención de modificar los hábitos de vida de los ciudadanos según un sectario designio ideológico. La ingeniería social es más fácil que la ingeniería de caminos.

Siempre la pagan con los coches. El coche es el culpable del desequilibrio universa. Para resolver el problema del tráfico sólo se les ocurre restringir la circulación o peatonalizar espacios cada vez mayores de unas ciudades reducidas al papel de zonas turísticas tematizadas. Para combatir el encarecimiento de los combustibles no tienen mejor idea que poner a marcha lenta a todo el parque automovilístico nacional. Parecen ver en cada ciudadano al volante un caprichoso peligro de rebeldía individual, y están dispuestos a cercenar el elemental derecho de desplazarse con rapidez y autonomía. Ordenancismo dirigista contra la tentación de la independencia personal; el zapaterismo, tan propenso a la ampliación de ciertos «derechos sociales» de las minorías, ataca los de la mayoría con un encarnizamiento sectario para someterlos a una planificación social de raíces totalitaristas.

No sólo van a contraviento de la historia, sino que circulan en sentido contrario al de nuestros vecinos más desarrollados. En Alemania las autopistas carecen de limitación de velocidad; Francia cimenta su poderío industrial en una tupida red de centrales nucleares. Cuando Europa replantea la energía atómica revisando el mito proverbial del ecologismo setentañista, España sueña con el bucle melancólico de las fuentes naturales. Cuando Estados Unidos, Rusia o China diseñan gigantescos planes hidráulicos, nosotros cancelamos trasvases y acudimos -sin concretarla encima- a la torpe panacea de las desaladoras. Y ahora que las grandes firmas de automoción comienzan a cancelar empleos y proyectos y a cerrar fábricas, el preclaro Gobierno socialista se dispone a obligar a los automovilistas a rodar a velocidad de carromato. Extraña que aún apuesten -retóricamente; dinero ponen poco- por el AVE; todavía están a tiempo de resucitar la diligencia. El transporte, no la virtud.

IGNACIO CAMACHO