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Alianza para la lapidación
Una niña es violada en Somalia. Acto seguido,
lapidada.
Es la civilización a cuya grandeza se alía Zapatero
Era el otoño del setenta y dos, y un Georges Brassens apoteósico cantaba
en el parisino club «Bobino» su enfado con el llamamiento del comandante
del Titanic a que los botes salvavidas fuesen prioritariamente ocupados
por las mujeres y los niños. Yo, en su lugar, aseguraba la mar de serio,
hubiera gritado: «¡La mujeres adúlteras, primero!». Fueron años gozosos,
aquellos que siguieron, en París al menos, pero no sólo, a la gran
juerga del sesenta y ocho. No es fácil que retorne nada así. En mucho,
muchísimo tiempo al menos. Y la sonrisa cómplice del público de «Bobino»
ante la «nonchalance» con la cual el viejo Brassens se pitorreaba del
universo arcaico, nada tenía de hiriente ni malintencionada. Era una
ingenuidad básica, la suya: la de pensar que la mugre había sido barrida
para siempre; que nunca más se le pasaría a nadie por la cabeza el
delirio de amalgamar sexo y tabú de nuevo. «No le tiréis piedras a la
mujer adúltera; yo estoy detrás», repetía el estribillo que todos
coreaban. No le tiréis piedras; o acabaréis por darme. Al final de la
canción, marido y amante concluían por hacerse los mejores colegas. Y
por quitarse de encima a la plasta de la señora. Todos contentos, y
pasemos a las cosas serias. En este tenebroso primer decenio nuestro del
siglo veintiuno, en el cual cada vez más penosamente malvivimos, a
Brassens lo hubiera desnucado, no una pedrada, seguro, sino una bonita
fatwa. Y a «Bobino» le hubieran cerrado las puertas por incitación
racista a la islamofobia. ¿Quién fue el idiota de mi generación que se
creyó aquello de que las regresiones históricas y morales no eran ya
posibles?
Pocas bromas. Una niña de trece años fue lapidada, hace unos días, en la
islámica Somalia. En un campo de fútbol y ante un regocijado público de
unos mil espectadores. Los pedruscos del tamaño justo fueron traídos en
un camión, para que los lanzadores no estuvieran cansados antes de
empezar su teológica tarea. Cavaron un agujero. Enterraron en él hasta
el cuello a la condenada. Y comenzó la ceremonia. Se interrumpió sólo
cuando cesó todo signo aparente de vida en la muchacha. Pero fue un
error. Las enfermeras que la extrajeron del agujero, comprobaron que aún
respiraba. Volvió a ser enterrada, y los fervorosos varones perseveraron
en su esfuerzo y puntería. Hasta el final.
No era una encantadora adúltera como la de Brassens a inicio de los
setenta. Era una niña de trece años, violada por varios sujetos. Lo
bastante niña como para ira a contarle a la Policía lo que le había
pasado. Y firmar, con ello, su coránica sentencia de muerte. Una muerte
atroz, obscena. De la cual ya ni siquiera nuestro embrutecido occidente
quiere saber nada, absolutamente nada. Y yo escucho al maravilloso
Brassens de «Bobino», en el invierno del aún mágico París de 1972. «No,
no le tiréis piedras a la mujer adúltera; yo estoy detrás». Nada puedo
reprochar a los lapidadores somalíes: cumplen con lo que su fe dicta.
Pero hay en esta Europa nuestra pésimas gentes que a tolerar eso llaman
«Alianza de Civilizaciones». Y yo no doy con una calificativo moral que
esté a su altura.
Gabriel ALBIAC
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