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4 + 2004  

 

Zapatero a Marco Calamai en 2006: «Es verdad que ha habido muchas tentativas de interpretar el resultado electoral del 14 de marzo [de 2004] como consecuencia de la tragedia del 11 de marzo».
Las ha habido. Las hay.
Una semana antes de las elecciones de 2004, los cuchillos se afilaban con esmero en Ferraz y Gobelas. El más incompetente de los secretarios del PSOE desde su refundación por la socialdemocracia alemana en 1975, tal vez el más incompetente, sin más, de su historia, iba a ser sacrificado. Lo había sido, antes que él, un chico catalán bastante menos zote. A éste de ahora, hubiera podido zampárselo el gatazo de los GAL desde hacía meses. No quiso. Alguien tenía que cargar con la derrota electoral, que todos en la casa daban por inevitable a aquellas alturas. Cortarle la cabeza luego, saldría gratis y resultaría más placentero. Entre cóctel con Slim y turismo de lujo en Marruecos, González se relamía.
Luego, llegó aquel día con el cual nadie, ni a izquierdas ni a derechas, había contado.
Yo, como cada jueves, salía para ir a clase. Puse -suelo hacerlo siempre un momento a esa hora- la radio. Oí sólo el arranque de la noticia, pero no tenía tiempo para más. El móvil me interrumpió comentando la Ética de Spinoza. «Me perdonarán ustedes. Parece que van ya cuarenta muertos. La ruta del colegio de mis hijas no funciona, y tengo que hacerme cargo inmediatamente de ellas». No fueron cuarenta, los muertos. Ciento noventa y dos, al final del día. Y el caos durante los que siguieron. Una amiga me llamó desde Jerusalén: «Está calcado de la técnica de Hamas, aquí, contra los transportes públicos». La SER llamó al asalto de las sedes del PP. Cierto alto dirigente socialista descolgó el teléfono; sonrió: «Hemos ganado». Yo no entendí en ningún momento -sigo hoy sin entenderlo- que, en los primeros minutos -o, como mucho, en las primeras horas- no hubiera una comparecencia conjunta de gobierno y oposición para posponer la jornada electoral a una fecha más sosegada. No se hizo. Muy al contrario: toda suerte de paranoias golpistas fueron puestas a rodar, de modo francamente nauseabundo. Fue una catástrofe. La más sórdida en la historia de España desde 1936. Aquella madrugada de domingo, mastuerzos con mal vino berreaban «¡Ha sido Aznar!» a dos pasos de mi ventana. Yo, que, por norma, no voto nunca, me levanté muy temprano esa mañana de la cama en la cual no me habían dejado pegar ojo. Fui a la urna tan sólo para vengarme de aquellas pobres bestias masticadoras de cadáveres. Es, al fin, la única función noble del voto. Además, ya sabía yo, a esas horas, que toda apuesta racional estaba condenada en ese día a la derrota. Que perdíamos todos. Y que el país iniciaba su derrumbe. Pero eso, enseñaba Francesco Guicciardini allá por el «cinquecento» florentino, no es gran cosa: lo peor es que los cascotes le caen siempre a uno sobre la cabeza. Nos han caído.
Pasaron ya cuatro años. Y ahora todos, aun los que nunca votamos, tenemos ocasión de vengarnos de aquel fraude. Y de dejar sin sueldo a quienes entonces nos estafaron. Es lo único, al fin, placentero del voto.

 Gabriel ALBIAC