Alicia en el
País de las Maravillas
Érase una vez una niña que se llamaba Alicia. Un día salió con su hermana a dar un paseo por la orilla del río y se sentaron a la sombra de un árbol, pero Alicia se aburría de estar allí sentada, sin hacer nada: había echado una ojeada al libro que su hermana estaba leyendo pero no tenía dibujos ni diálogos.

-¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos? - se preguntaba Alicia.
Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados.
No había nada
muy extraordinario en esto, ni tampoco le pareció a Alicia muy extraño oír que el
conejo se decía a sí mismo:
«¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a
llegar tarde!». Pero cuando el conejo se sacó un reloj de bolsillo del chaleco, lo miró
y echó a correr, Alicia se levantó de un salto, porque comprendió de golpe que ella
nunca había visto un conejo con chaleco, ni con reloj que sacarse de él, y, ardiendo de
curiosidad, se puso a correr tras el conejo por la pradera, y llegó justo a tiempo para
ver cómo se precipitaba en una madriguera que se abría al pie del seto.
Un momento más tarde, Alicia se metía también en la madriguera, sin pararse a considerar cómo se las arreglaría después para salir.
Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo.
Alicia caía muy despacio por el pozo y, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después. Primero, intentó mirar hacia abajo y ver a dónde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada. Después miró hacia las paredes del pozo y observó que estaban cubiertas de armarios y estantes para libros: aquí y allá vio mapas y cuadros, colgados de clavos. ¿No acabaría nunca de bajar? Se preguntaba Alicia. De pronto, ¡cataplum!, Alicia fue a dar sobre un montón de ramas y hojas secas. La caída había terminado.
Alicia no sufrió el menor daño, y se levantó de un salto. Miró hacia arriba, pero todo estaba oscuro. Ante ella se abría otro largo pasadizo, y alcanzó a ver en él al Conejo Blanco, que se alejaba a toda prisa. No había tiempo que perder, y Alicia, sin vacilar, echó a correr como el viento, y llegó justo a tiempo para oírle decir, mientras doblaba un recodo:
--¡Válganme mis orejas y bigotes, qué tarde se me está haciendo!

Iba casi pisándole los talones, pero, cuando dobló a su vez el recodo, no vio al Conejo por ninguna parte. Se encontró en un vestíbulo amplio y bajo, iluminado por una hilera de lámparas que colgaban del techo.
Había puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado y subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al centro de la habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para salir de allí.
De repente se
encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal macizo. No había nada sobre
ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo primero que se le ocurrió a Alicia fue que
debía corresponder a una de las puertas del vestíbulo.
Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran
demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir
ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla
que no había visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura.
Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba bien.
Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar. ¡Qué ganas tenía de salir de aquella oscura sala y de pasear entre aquellos macizos de flores multicolores y aquellas frescas fuentes! Pero ni siquiera podía pasar la cabeza por la abertura. «Y aunque pudiera pasar la cabeza», pensó la pobre Alicia, «de poco iba a servirme sin los hombros. ¡Cómo me gustaría poderme encoger como un telescopio! Creo que podría hacerlo, sólo con saber por dónde empezar.»
De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BEBEME» hermósamente impresa en grandes caracteres.
Tras analizar la botella para ver si llevaba la indicación «veneno», Alicia se atrevió a probar el contenido, y, encontrándolo muy agradable (tenía una mezcla de sabores a tarta de cerezas, almíbar, piña, pavo asado, caramelo y tostadas calientes con mantequilla), se lo acabó en un santiamén.
Alicia empezó a
encogerse hasta medir tan sólo veinticinco centímetros. ¡Ya podía pasar por la
puertecita! Pero... al acercarse se dio cuenta de que había olvidado la llave de oro
sobre la mesa. Intentó cogerla pero no alcanzaba. ¡Pobre Alicia! Empezó a llorar
desconsoladamente, pero al cabo de un rato vio una cajita de cristal bajo la mesa. En la
cajita había un diminuto pastelito que decía ¡CÓMEME! «Bueno, me lo comeré», se
dijo Alicia, «y si me hace
crecer, podré coger la llave, y, si me
hace todavía más pequeña, podré deslizarme por debajo de la puerta. De un modo o de
otro entraré en el jardín, y eso es lo que importa.» Alicia se comió el pastel y al
poco tiempo comenzó a estirarse hasta llegar a medir más de dos metros. Cogió la llave
y abrió la puerta pero ahora era todavía más difícil entrar; sólo podía tumbarse en
el suelo de lado y ver el jardín con un ojo. Alicia empezó a llorar de nuevo. Al poco
rato volvió a ver al conejo, espléndidamente vestido, con un par de guantes blancos de
cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Alicia estaba tan desesperada que
intentó pedirle ayuda pero el Conejo se llevó un susto tremendo, dejó caer los guantes
blancos de cabritilla y el abanico, y escapó a todo correr en la oscuridad. Alicia
recogió el abanico y los guantes, comenzó a abanicarse porque tenía mucho calor y
empezó a pensar en sus cosas. De repente se dio cuenta de que se había puesto los
guantes del Conejo; estaba disminuyendo de tamaño y todo se debía al abanico, de modo
que lo soltó rápidamente. Ahora medía setenta centímetros y podía pasar perfectamente
por la puerta. Corrió hacia ella pero la puerta estaba cerrada y la llavecita de oro
estaba, de nuevo, sobre la mesa de cristal. Alicia resbaló y un segundo más tarde,
¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que pensó es que
estaba en el mar pero después comprendió que estaba en el charco de lágrimas que había
derramado cuando medía casi tres metros.
Entonces Alicia vio un Ratón y le preguntó cómo podía salir de allí. Tras el ratón aparecieron más animales y todos se acercaron a la orilla para escuchar las historias del Ratón. Pero Alicia ofendió al Ratón y volvió a quedarse sola. La pobre Alicia se echó a llorar otra vez. Al poco rato, sin embargo, oyó un ruidito de pisadas a lo lejos y levantó la vista esperanzada, pensando que a lo mejor el Ratón había cambiado de idea y volvía atrás para terminar su historia.
Era el Conejo Blanco, que volvía con un trotecillo saltarín y miraba ansiosamente a su alrededor, como si hubiera perdido algo. Y Alicia oyó que murmuraba:
--¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Oh, mis queridas patitas ! ¡Oh, mi piel y mis bigotes ! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que los grillos son grillos ! ¿Dónde demonios puedo haberlos dejado caer? ¿Dónde? ¿Dónde?
Alicia comprendió al instante que estaba buscando el abanico y el par de guantes blancos de cabritilla, y llena de buena voluntad se puso también ella a buscar por todos lados, pero no encontró ni rastro de ellos. En realidad, todo parecía haber cambiado desde que ella cayó en el charco, y el vestíbulo con la mesa de cristal y la puertecilla habían desaparecido completamente.
A los pocos instantes el Conejo descubrió la presencia de Alicia, que andaba buscando los guantes y el abanico de un lado a otro, y le gritó muy enfadado:
--¡Cómo, Mary Ann, qué demonios estás haciendo aquí! Corre inmediatamente a casa y tráeme un par de guantes y un abanico! ¡Aprisa!
Alicia se llevó tal susto que salió corriendo en la dirección que el Conejo le señalaba, sin intentar explicarle que estaba equivocándose de persona.
--¡Me ha confundido con su criada! --se dijo mientras corría--. ¡Vaya sorpresa se va a llevar cuando se entere de quién soy! Pero será mejor que le traiga su abanico y sus guantes... Bueno, si logro encontrarlos.
Mientras decía estas palabras, llegó ante una linda casita, en cuya puerta brillaba una placa de bronce con el nombre «C. BLANCO» grabado en ella. Alicia entró sin llamar, y corrió escaleras arriba, con mucho miedo de encontrar a la verdadera Mary Ann y de que la echaran de la casa antes de que hubiera encontrado los guantes y el abanico. Alicia llegó hasta un pequeño dormitorio, muy ordenado, con una mesa junto a la ventana, y sobre la mesa (como esperaba) encontró un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos de cabritilla. Cogió el abanico y un par de guantes, y, estaba a punto de salir de la habitación, cuando su mirada cayó en una botellita que estaba al lado del espejo del tocador. Esta vez no había letrerito con la palabra «BEBEME», pero de todos modos Alicia lo destapó y se lo llevó a los labios.
--Estoy segura de que, si como o bebo algo, ocurrirá algo interesante --se dijo--. Y voy a ver qué pasa con esta botella. Espero que vuelva a hacerme crecer, porque en realidad, estoy bastante harta de ser una cosilla tan pequeñaja.
¡Y vaya si la hizo crecer! ¡Mucho más aprisa de lo que imaginaba! Antes de que hubiera bebido la mitad del frasco, se encontró con que la cabeza le tocaba contra el techo y tuvo que doblarla para que no se le rompiera el cuello. Se apresuró a soltar la botella, mientras se decía:
--¡Ya basta! Espero que no seguiré creciendo... De todos modos, no paso ya por la puerta... ¡Ojalá no hubiera bebido tan aprisa!¡Por desgracia, era demasiado tarde para pensar en ello! Siguió creciendo, y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de rodillas en el suelo. Un minuto más tarde no le quedaba espacio ni para seguir arrodillada, y tuvo que intentar acomodarse echada en el suelo, con un codo contra la puerta y el otro brazo alrededor del cuello. Pero no paraba de crecer, y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie por la chimenea, mientras se decía:
--Ahora no puedo hacer nada más, pase lo que pase. ¿Qué va a ser de mí?
Por suerte la botellita mágica había producido ya todo su efecto, y Alicia dejó de crecer. De todos modos, se sentía incómoda y, como no parecía haber posibilidad alguna de volver a salir nunca de aquella habitación, no es de extrañar que se sintiera también muy desgraciada.
--Era mucho más agradable estar en mi casa --pensó la pobre Alicia--. Allí, al menos, no me pasaba el tiempo creciendo y disminuyendo de tamaño, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo... Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante! Alicia siguio divagando hasta que oyó una voz fuera de la casa, y dejó de discutir consigo misma para escuchar.
--¡Mary Ann! ¡Mary Ann! --decía la voz--. ¡Tráeme inmediatamente mis guantes!
Después Alicia oyó un ruidito de pasos por la escalera. Comprendió que era el Conejo que subía en su busca y se echó a temblar con tal fuerza que sacudió toda la casa, olvidando que ahora era mil veces mayor que el Conejo Blanco y no había por tanto motivo alguno para tenerle miedo.
Ahora el Conejo había llegado ante la puerta, e intentó abrirla, pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba fuertemente apoyado contra ella, no consiguió moverla. Alicia oyó que se decía para sí:
--Pues entonces daré la vuelta y entraré por la ventana.
--Eso sí que no --pensó Alicia.
Y, después de esperar hasta que creyó oír al Conejo justo debajo de la ventana, abrió de repente la mano e hizo gesto de atrapar lo que estuviera a su alcance. No encontró nada, pero oyó un gritito entrecortado, algo que caía y un estrépito de cristales rotos, lo que le hizo suponer que el Conejo se había caído sobre un invernadero o algo por el estilo. Después se oyó una voz muy enfadada, que era la del Conejo pidiendo ayuda. Al oirle, acudieron diversos animalitos. Intentaron entrar por la chimenea, pero todo era imposible. Así las cosas el Conejo propuso una carretada para empezar.
--¿Una carretada de qué? --pensó Alicia.
Y no tuvo que esperar mucho para averiguarlo, pues un instante después una granizada de piedrecillas entró disparada por la ventana, y algunas le dieron en plena cara.
--Ahora mismo voy a acabar con esto --se dijo Alicia para sus adentros, y añadió en alta voz--: ¡Será mejor que no lo repitáis!
Estas palabras produjeron otro silencio de muerte. Alicia advirtió, con cierta sorpresa, que las piedrecillas se estaban transformando en pastas de té, allí en el suelo, y una brillante idea acudió de inmediato a su cabeza.
«Si como una de estas pastas», pensó, «seguro que producirá algún cambio en mi estatura. Y, como no existe posibilidad alguna de que me haga todavía mayor, supongo que tendré que hacerme forzosamente más pequeña.»
Se comió, pues, una de las pastas, y vio con alegría que empezaba a disminuir inmediatamente de tamaño. En cuanto fue lo bastante pequeña para pasar por la puerta, corrió fuera de la casa, y se encontró con un grupo bastante numeroso de animalillos y pájaros que la esperaban.
En el momento en que apareció Alicia, todos se abalanzaron sobre ella. Pero Alicia echó a correr con todas sus fuerzas, y pronto se encontró a salvo en un espeso bosque.
--Lo primero que ahora tengo que hacer --se dijo Alicia, mientras vagaba por el bosque --es crecer hasta volver a recuperar mi estatura. Y lo segundo es encontrar la manera de entrar en aquel precioso jardín.
¿Qué tengo que hacer para lograrlo? Supongo que tendría que comer o que beber alguna cosa, pero ¿qué? Éste es el gran dilema. Alicia miró a su alrededor hacia las flores y hojas de hierba, pero no vio nada que tuviera aspecto de ser la cosa adecuada para ser comida o bebida en esas circunstancias. Allí cerca se erguía una gran seta, casi de la misma altura que Alicia. Y, cuando hubo mirado debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le ocurrió que lo mejor sería mirar y ver lo que había encima.
Se puso de
puntillas, y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato
con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos
cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia
ni a ninguna otra cosa.
La Oruga y Alicia se estuvieron mirando un rato en silencio: por fin la Oruga se sacó la pipa de la boca, y se dirigió a la niña en voz lánguida y adormilada.
--¿Quién eres tú? --dijo la Oruga.
Alicia contestó un poco intimidada:
--Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.
Alicia le contó lo de los cambios de tamaño y que no se acordaba de cosas que antes se sabía muy bien. Tras una pequeña demostración la Oruga le preguntó:
--¿Qué tamaño te gustaría tener? --.
--No soy difícil en asunto de tamaños --se apresuró a contestar Alicia--. Sólo que no es agradable estar cambiando tan a menudo.
--¿Estás contenta con tu tamaño actual? --preguntó la Oruga.
--Bueno, me gustaría ser un poco más alta, si a usted no le importa. ¡Siete centímetros es una estatura tan insignificante!
¡Es una estatura perfecta! --dijo la Oruga muy enfadada, irguiéndose cuan larga era (medía exactamente siete centímetros).
--¡Pero yo no estoy acostumbrada a medir siete centímetros! se lamentó la pobre Alicia.
--Ya te irás acostumbrando --dijo la Oruga, y volvió a meterse la pipa en la boca y empezó otra vez a fumar.
Esta vez Alicia esperó pacientemente a que se decidiera a hablar de nuevo. Al cabo de uno o dos minutos la Oruga se sacó la pipa de la boca, dio unos bostezos y se desperezó. Después bajó de la seta y empezó a deslizarse por la hierba, al tiempo que decía:
--Un lado te hará crecer, y el otro lado te hará disminuir
--Un lado ¿de qué? El otro lado ¿de qué? --se dijo Alicia para sus adentros.
--De la seta --dijo la Oruga, como si la niña se lo hubiera preguntado en voz alta.
Y al cabo de unos instantes se perdió de vista.
Alicia se quedó un rato contemplando pensativa la seta, en un intento de descubrir cuáles serían sus dos lados, y, como era perfectamente redonda, el problema no resultaba nada fácil. Así pues, extendió los brazos todo lo que pudo alrededor de la seta y arrancó con cada mano un pedacito.
--Y ahora --se dijo--, ¿cuál será cuál?
Dio un mordisquito al pedazo de la mano derecha para ver el efecto y al instante sintió un rudo golpe en la barbilla. ¡La barbilla le había chocado con los pies!
Se asustó mucho con este cambio tan repentino, pero comprendió que estaba disminuyendo rápidamente de tamaño, que no había por tanto tiempo que perder y que debía apresurarse a morder el otro pedazo. Tenía la mandíbula tan apretada contra los pies que resultaba difícil abrir la boca, pero lo consiguió al fin, y pudo tragar un trocito del pedazo de seta que tenía en la mano izquierda. Entonces ocurrió algo desastroso: lo único que se estiraba era su cuello. Pero Alicia se percató de que todavía tenía pedazos de seta en las manos y mezclando uno y otro, creciendo y disminuyendo consiguió alcanzar su estatura normal. Al principio le resultó extraño pero se acostumbró en seguida. Había conseguido la mitad de su plan. El próximo objetivo es entrar en aquel precioso jardín... --Me pregunto cómo me las arreglaré para lograrlo--, se dijo Alicia.
Mientras decía estas palabras, llegó a un claro del bosque, donde se alzaba una casita de poco más de un metro de altura.
--Sea quien sea el que viva allí --pensó Alicia--, no puedo presentarme con este tamaño. ¡Se morirían del susto!
Así pues, empezó a mordisquear una vez más el pedacito de la mano derecha, y no se atrevió a acercarse a la casita hasta haber reducido su propio tamaño a unos veinte centímetros.
Alicia se quedó mirando la casa uno o dos minutos, y preguntándose lo que iba a hacer, cuando de repente salió corriendo del bosque un lacayo con librea (a Alicia le pareció un lacayo porque iba con librea; de no ser así, y juzgando sólo por su cara, habría dicho que era un pez) y golpeó enérgicamente la puerta con los nudillos. Abrió la puerta otro lacayo de librea, con una cara redonda y grandes ojos de rana. Y los dos lacayos, observó Alicia, llevaban el pelo empolvado y rizado. Le entró una gran curiosidad por saber lo que estaba pasando y salió cautelosamente del bosque para oír lo que decían.
El lacayo-pez empezó por sacarse de debajo del brazo una gran carta, casi tan grande como él, y se la entregó al otro lacayo, mientras decía en tono solemne:
--Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al croquet.
El lacayo-rana lo repitió, en el mismo tono solemne, pero cambiando un poco el orden de las palabras:
--De la Reina. Una invitación para la Duquesa para jugar al croquet.
Después los dos hicieron una profunda reverencia, y los empolvados rizos entrechocaron y se enredaron.
A Alicia le dio tal ataque de risa que tuvo que correr a esconderse en el bosque por miedo a que la oyeran. Y, cuando volvió a asomarse, el lacayo-pez se había marchado y el otro estaba sentado en el suelo junto a la puerta, mirando estúpidamente el cielo.
Alicia se acercó tímidamente y llamó a la puerta. Tras una ridícula conversación con el lacayo decidió entrar. La puerta daba directamente a una gran cocina, que estaba completamente llena de humo. Allí encontró a la duquesa, con un bebé en brazos y a la cocinera que se inclinaba sobre el fogón y revolvía el interior de un enorme puchero que parecía estar lleno de sopa.
--¡Esta sopa tiene por descontado demasiada pimienta! --se dijo Alicia para sus adentros, mientras soltaba el primer estornudo.
Donde si había demasiada pimienta era en el aire. Incluso la Duquesa estornudaba de vez en cuando, y el bebé estornudaba y aullaba alternativamente, sin un momento de respiro. Los únicos seres que en aquella cocina no estornudaban eran la cocinera y un rollizo gatazo que yacía cerca del fuego, con una sonrisa de oreja a oreja.
Alicia preguntó tímidamente porqué sonreía el gato de aquella manera. A lo que la Duquesa respondió que sonreía así porque era un gato de Cheshire.
--No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonriendo. En realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír.
--Todos pueden --dijo la Duquesa--, y muchos lo hacen.
--No sabía de ninguno que lo hiciera --dijo Alicia muy amablemente, contenta de haber iniciado una conversación.
--No sabes casi nada de nada --dijo la Duquesa--. Eso es lo que ocurre.
A Alicia no le gustó ni pizca el tono de la observación, y decidió que sería oportuno cambiar de tema. Mientras estaba pensando qué tema elegir, la cocinera apartó la olla de sopa del fuego, y comenzó a lanzar todo lo que caía en sus manos contra la Duquesa y el bebé: primero los hierros del hogar, después una lluvia de cacharros, platos y fuentes. La Duquesa no dio señales de enterarse, ni siquiera cuando los proyectiles la alcanzaban, y el bebé berreaba ya con tanta fuerza que era imposible saber si los golpes le dolían o no.
--¡Oh, por favor, tenga usted cuidado con lo que hace! --gritó Alicia, mientras saltaba asustadísima para esquivar los proyectiles--. ¡Le va a arrancar su preciosa nariz! --añadió, al ver que un caldero extraordinariamente grande volaba muy cerca de la cara de la Duquesa.
--Si cada uno se ocupara de sus propios asuntos --dijo la Duquesa en un gruñido--, el mundo giraría mucho mejor y con menos pérdida de tiempo.
--Lo cual no supondría ninguna ventaja --intervino Alicia-. Si la tierra girase más aprisa, ¡imagine usted el lío que se armaría con el día y la noche! Ya sabe que la tierra tarda veinticuatro horas en ejecutar un giro completo sobre su propio eje...
--Hablando de ejecutar --interrumpió la Duquesa--, ¡qué le corten la cabeza!
Alicia miró a la cocinera con ansiedad, para ver si se disponía a hacer algo parecido, pero la cocinera estaba muy ocupada revolviendo la sopa y no parecía prestar oídos a la conversación, de modo que Alicia se animó a proseguir su lección:
--Veinticuatro horas, creo, ¿o son doce? Yo...
--Tú vas a dejar de fastidiarme --dijo la Duquesa--. ¡Nunca he soportado los cálculos!
Y empezó a mecer nuevamente al niño, mientras le cantaba una especie de nana, y al final de cada verso propinaba al pequeño una fuerte sacudida.
--¡Ea! ¡Ahora puedes mecerlo un poco tú, si quieres! --dijo la Duquesa al concluir la canción, mientras le arrojaba el bebé por el aire--. Yo tengo que ir a arreglarme para jugar al croquet con la Reina.
Y la Duquesa salió apresuradamente de la habitación. La cocinera le tiró una sartén en el último instante, pero no la alcanzó.
Alicia cogió al niño en brazos con cierta dificultad, pues se trataba de una criaturita de forma extraña y que forcejeaba con brazos y piernas en todas direcciones, «como una estrella de mar», pensó Alicia. El pobre pequeño resoplaba como una máquina de vapor cuando ella lo cogió, y se encogía y se estiraba con tal furia que durante los primeros minutos Alicia se las vio y deseó para evitar que se le escabullera de los brazos.
En cuanto encontró el modo de tener el niño en brazos, Alicia lo sacó al aire libre. «Si no me llevo a este niño conmigo», pensó, «seguro que lo matan en un día o dos. ¿Acaso no sería un crimen dejarlo en esta casa?» Dijo estas últimas palabras en alta voz, y el pequeño le respondió con un gruñido.
--No gruñas --le riñó Alicia--. Ésa no es forma de expresarse.
El bebé volvió a gruñir, y Alicia le miró la cara con ansiedad, para ver si le pasaba algo. No había duda de que tenía una nariz muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una verdadera nariz. Además los ojos se le estaban poniendo demasiado pequeños para ser ojos de bebé. A Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando aquello. «A lo mejor es porque ha estado llorando», pensó, y le miró de nuevo los ojos, para ver si había alguna lágrima. No, no había lágrimas.
--Si piensas convertirte en un cerdito, cariño --dijo Alicia muy seria--, yo no querré saber nada contigo. ¡Conque ándate con cuidado!
Alicia estaba empezando a preguntarse a sí misma: «Y ahora, ¿qué voy a hacer yo con este chiquillo al volver a mi casa?», cuando el bebé soltó otro gruñido, con tanta violencia que volvió a mirarlo alarmada. Esta vez no cabía la menor duda: no era ni más ni menos que un cerdito, y a Alicia le pareció que sería absurdo seguir llevándolo en brazos.
Así pues, lo dejó en el suelo, y sintió un gran alivio al ver que echaba a trotar y se adentraba en el bosque.
«Si hubiera crecido», se dijo a sí misma, «hubiera sido un niño terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso». Y empezó a pensar en otros niños que ella conocía y a los que les sentaría muy bien convertirse en cerditos. «¡Si supiéramos la manera de transformarlos!», se estaba diciendo, cuando tuvo un ligero sobresalto al ver que el Gato de Cheshire estaba sentado en la rama de un árbol muy próximo a ella.
El Gato, cuando vio a Alicia, se limitó a sonreír.
--Minino de Cheshire --empezó Alicia tímidamente, pues no estaba del todo segura de si le gustaría este tratamiento: pero el Gato no hizo más que ensanchar su sonrisa, por lo que Alicia decidió que sí le gustaba--. Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
--Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar --dijo el Gato.
--No me importa mucho el sitio... --dijo Alicia.
--Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes--dijo el Gato.
--... siempre que llegue a alguna parte --añadió Alicia como explicación.
--¡Oh, siempre llegarás a alguna parte --aseguró el Gato--, si caminas lo suficiente!
--¿Qué clase de gente vive por aquí?preguntó Alicia.
--En esta dirección --dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha-- vive un Sombrerero. Y en esta dirección --e hizo un gesto con la otra pata-- vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.
--Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca --protestó Alicia.
--Oh, eso no lo puedes evitar --repuso el Gato--. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca. A continuación el Gato expuso sus razones para pensar así y luego dijo:
--¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina?
--Me gustaría mucho --dijo Alicia--, pero por ahora no me han invitado.
--Allí nos volveremos a ver --aseguró el Gato, y se desvaneció.
Al cabo de un rato, Alicia se puso en marcha hacia la dirección en que le había dicho que vivía la Liebre de Marzo.
No tardó mucho en llegar a la casa de la Liebre de Marzo. Pensó que tenía que ser forzosamente aquella casa, porque las chimeneas tenían forma de largas orejas y el techo estaba recubierto de piel. Era una casa tan grande, que no se atrevió a acercarse sin dar antes un mordisquito al pedazo de seta de la mano izquierda, con lo que creció hasta una altura de unos dos palmos.
Habían puesto la mesa debajo de un árbol, delante de la casa, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Sentado entre ellos había un Lirón, que dormía profundamente, y los otros dos lo hacían servir de almohada, apoyando los codos sobre él, y hablando por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón», pensó Alicia. «Pero como está dormido, supongo que no le importa.»
La mesa era muy grande, pero los tres se apretujaban muy juntos en uno de los extremos.
--¡No hay sitio! --se pusieron a gritar, cuando vieron que se acercaba Alicia.
--¡Hay un montón de sitio! --protestó Alicia indignada, y se sentó en un gran sillón a un extremo de la mesa.
Alicia merendó con ellos en lo que fue una auténtica merienda de locos y después volvió al bosque.
--¡Por nada del mundo volveré a poner los pies en ese lugar! --se decía Alicia, mientras se adentraba en el bosque--. ¡Es la merienda más estúpida a la que he asistido en toda mi vida!
Mientras decía estas palabras, descubrió que uno de los árboles tenía una puerta en el tronco.
--¡Qué extraño! --pensó--. Pero todo es extraño hoy. Creo que lo mejor será que entre en seguida.
Y entró en el árbol.
Una vez más se encontró en el gran vestíbulo, muy cerca de la mesita de cristal. «Esta vez haré las cosas mucho mejor», se dijo a sí misma. Y empezó por coger la llavecita de oro y abrir la puerta que daba al jardín. Entonces se puso a mordisquear cuidadosamente la seta (se había guardado un pedazo en el bolsillo), hasta que midió poco más de un palmo. Entonces se adentró por el estrecho pasadizo. Y entonces... entonces estuvo por fin en el maravilloso jardín, entre las flores multicolores y las frescas fuentes.
Un gran rosal se alzaba cerca de la entrada del jardín: sus rosas eran blancas, pero había allí tres jardineros ocupados en pintarlas de rojo. A Alicia le pareció muy extraño, y se acercó para averiguar lo que pasaba, y al acercarse a ellos oyó que uno de los jardineros decía:
--¡Ten cuidado, Cinco! ¡No me salpiques así de pintura!
--No es culpa mía --dijo Cinco, en tono dolido--. Siete me ha dado un golpe en el codo.
Ante lo cual, Siete levantó los ojos dijo:
--¡Muy bonito, Cinco! ¡Échale siempre la culpa a los demás!
--¡Mejor será aue calles esa boca! --dijo Cinco--. ¡Ayer mismo oí decir a la Reina que debían cortarte la cabeza!
--¿Por qué? --preguntó el que había hablado en primer lugar.
--¡Eso no es asunto tuyo, Dos! --dijo Siete.
--¡Sí es asunto suyo! --protestó Cinco--. Y voy a decírselo: fue por llevarle a la cocinera bulbos de tulipán en vez de cebollas.
Siete tiró la brocha al suelo y estaba empezando a decir: «¡Vaya! De todas las injusticias...», cuando sus ojos se fijaron casualmente en Alicia, que estaba allí observándolos, y se calló en el acto. Los otros dos se volvieron también hacia ella, y los tres hicieron una profunda reverencia.
--¿Querrían hacer el favor de decirme --empezó Alicia con cierta timidez-- por qué están pintando estas rosas?
Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a Dos. Dos empezó en una vocecita temblorosa:
--Pues, verá usted, señorita, el hecho es que esto tenía que haber sido un rosal rojo, y nosotros plantamos uno blanco por equivocación, y, si la Reina lo descubre, nos cortarán a todos la cabeza, sabe. Así que, ya ve, señorita, estamos haciendo lo posible, antes de que ella llegue, para...
En este momento, Cinco, que había estado mirando ansiosamente por el jardín, gritó: «¡La Reina! ¡La Reina!», y los tres jardineros se arrojaron inmediatamente de bruces en el suelo. Se oía un ruido de muchos pasos, y Alicia miró a su alrededor, ansiosa por ver a la Reina.
Primero aparecieron diez soldados, enarbolando tréboles. Tenían la misma forma que los tres jardineros, oblonga y plana, con las manos y los pies en las esquinas. Después seguían diez cortesanos, adornados enteramente con diamantes, y formados, como los soldados, de dos en dos. A continuación venían los infantes reales; eran también diez, y avanzaban saltando, cogidos de la mano de dos en dos, adornados con corazones. Después seguían los invitados, casi todos reyes y reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo Blanco: hablaba atropelladamente, muy nervioso, sonriendo sin ton ni son, y no advirtió la presencia de la niña. A continuación venía el Valet de Corazones, que llevaba la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí. Y al final de este espléndido cortejo avanzaban EL REY Y LA REINA DE CORAZONES.
Alicia estaba
dudando si debería o no echarse de bruces como los
tres jardineros, pero no recordaba haber
oído nunca que tuviera uno que hacer algo así cuando pasaba un desfile. «Y además»,
pensó, «¿de qué serviría un desfile, si todo el mundo tuviera que echarse de bruces,
de modo que no pudiera ver nada?» Así pues, se quedó quieta donde estaba, y esperó.
Cuando el cortejo llegó a la altura de Alicia, todos se detuvieron y la miraron, y la Reina preguntó severamente:
--¿Quién es ésta?
La pregunta iba dirigida al Valet de Corazones, pero el Valet no hizo más que inclinarse y sonreír por toda respuesta.
--¡Idiota! --dijo la Reina, agitando la cabeza con impaciencia, y, volviéndose hacia Alicia, le preguntó--: ¿Cómo te llamas, niña?
--Me llamo Alicia, para servir a Su Majestad --contestó Alicia en un tono de lo más cortés, pero añadió para sus adentros: «Bueno, a fin de cuentas, no son más que una baraja de cartas. ¡No tengo por qué sentirme asustada!»
--¿Y quiénes son éstos? --siguió preguntando la Reina, mientras señalaba a los tres jardineros que yacían en torno al rosal.
Porque, claro, al estar de bruces sólo se les veía la parte de atrás, que era igual en todas las cartas de la baraja, y la Reina no podía saber si eran jardineros, o soldados, o cortesanos, o tres de sus propios hijos.
--¿Cómo voy a saberlo yo? --replicó Alicia, asombrada de su propia audacia--. ¡No es asunto mio!
La Reina se puso
roja de furia, y, tras dirigirle una mirada fulminante y feroz, empezó a gritar:
--¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten...!
--¡Tonterías! --exclamó Alicia, en voz muy alta y decidida.
Y la Reina se calló.
El Rey le puso la mano en el brazo, y dijo con timidez:
Considera, cariño, que sólo se trata de una niña!
La Reina se desprendió furiosa de él, y dijo al Valet:
--¡Dales la vuelta a éstos!
Y así lo hizo el Valet, muy cuidadosamente, con un pie.
--¡Arriba! --gritó la Reina, en voz fuerte y detonante.
Y los tres jardineros se pusieron en pie de un salto, y empezaron a hacer profundas reverencias al Rey, a la Reina, a los infantes reales, al Valet y a todo el mundo.
--¡Basta ya! --gritó la Reina--. ¡Me estáis poniendo nerviosa! --Y después, volviéndose hacia el rosal, continuó--: ¡Qué diablos habéis estado haciendo aquí?
--Con la venia de Su Majestad --empezó a explicar Dos, en tono muy humilde, e hincando en el suelo una rodilla mientras hablaba--, estábamos intentando...
--¡Ya lo veo! --estalló la Reina, que había estado examinando las rosas ¡Que les corten la cabeza!
Y el cortejo se puso de nuevo en marcha, aunque tres soldados se quedaron allí para ejecutar a los desgraciados jardineros, que corrieron a refugiarse junto a Alicia.
--¡No os cortarán la cabeza! --dijo Alicia, y los metió en una gran maceta que había allí cerca.
Los tres soldados estuvieron algunos minutos dando vueltas por allí, buscando a los jardineros, y después se marcharon tranquilamente tras el cortejo.
--¿Han perdido sus cabezas? --gritó la Reina.
--Sí, sus cabezas se han perdido, con la venia de Su Majestad --gritaron los soldados como respuesta.
--¡Muy bien! --gritó la Reina--. ¿Sabes jugar al croquet?
Los soldados guardaron silencio, y volvieron la mirada hacia Alicia, porque era evidente que la pregunta iba dirigida a ella.
--¡Sí! --gritó Alicia.
--¡Pues andando! --vociferó la Reina.
Y Alicia se unió al cortejo, preguntándose con gran curiosidad qué iba a suceder a continuación.
--Hace... ¡hace un día espléndido! --murmuró a su lado una tímida vocecilla.
Alicia estaba andando al lado del Conejo Blanco, que la miraba con ansiedad.
--Mucho --dijo Alicia--. ¿Dónde está la Duquesa?
--¡Chitón! ¡Chit6n! --dijo el Conejo en voz baja y apremiante. Miraba ansiosamente a sus espaldas mientras hablaba, y después se puso de puntillas, acercó el hocico a la oreja de Alicia y susurró--: Ha sido condenada a muerte.
--¿Por qué motivo? --quiso saber Alicia.
--¿Has dicho «pobrecilla»? --preguntó el Conejo.
--No, no he dicho eso. No creo que sea ninguna «pobrecilla». He dicho: ¿Por qué motivo?»
--Le dio un sopapo a la Reina... --empezó a decir el Conejo, y a Alicia le dio un ataque de risa--. ¡Chitón! ¡Chitón! --suplicó el Conejo con una vocecilla aterrada--. ¡Va a oírte la Reina! Lo ocurrido fue que la Duquesa llegó bastante tarde, y la Reina dijo...
--¡Todos a sus sitios! --gritó la Reina con voz de trueno.
Y todos se pusieron a correr en todas direcciones, tropezando unos con otros. Sin embargo, unos minutos después ocupaban sus sitios, y empezó el partido. Alicia pensó que no había visto un campo de croquet tan raro como aquél en toda su vida. Estaba lleno de montículos y de surcos. Las bolas eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos, y los soldados tenían que doblarse y ponerse a cuatro patas para formar los aros.
La dificultad más grave con que Alicia se encontró al principio fue manejar a su flamenco. Logró dominar al pajarraco metiéndoselo debajo del brazo, con las patas colgando detrás, pero casi siempre, cuando había logrado enderezarle el largo cuello y estaba a punto de darle un buen golpe al erizo con la cabeza del flamenco, éste torcía el cuello y la miraba derechamente a los ojos con tanta extrañeza, que Alicia no podía contener la risa. Y cuando le había vuelto a bajar la cabeza y estaba dispuesta a empezar de nuevo, era muy irritante descubrir que el erizo se había desenroscado y se alejaba arrastrándose. Por si todo esto no bastara, siempre había un montículo o un surco en la dirección en que ella quería lanzar al erizo, y, como además los soldados doblados en forma de aro no paraban de incorporarse y largarse a otros puntos del campo, Alicia llegó pronto a la conclusión de que se trataba de una partida realmente difícil.
Los jugadores jugaban todos a la vez, sin esperar su turno, discutiendo sin cesar y disputándose los erizos. Y al poco rato la Reina había caído en un paroxismo de furor y andaba de un lado a otro dando patadas en el suelo y gritando a cada momento «¡Qué le corten a éste la cabeza!» o «¡Qué le corten a ésta la cabeza!»
Alicia empezó a sentirse incómoda: a decir verdad ella no había tenido todavía ninguna disputa con la Reina, pero sabía que podía suceder en cualquier instante. «Y entonces», pensaba, «¿qué será de mí? Aquí todo lo arreglan cortando cabezas. Lo extraño es que quede todavía alguien con vida!»
Estaba buscando pues alguna forma de escapar, y preguntándose si podría irse de allí sin que la vieran, cuando advirtió una extraña aparición en el aire. Al principio quedó muy desconcertada, pero, después de observarla unos minutos, descubrió que se trataba de una sonrisa, y se dijo:
--Es el Gato de Cheshire. Ahora tendré alguien con quien poder hablar.
--¿Qué tal estás? --le dijo el Gato, en cuanto tuvo hocico suficiente para poder hablar.
Alicia esperó hasta que aparecieron los ojos, y entonces le saludó con un gesto. «De nada servirá que le hable», pensó, «hasta que tenga orejas, o al menos una de ellas». Un minuto después había aparecido toda la cabeza, Y entonces Alicia dejó en el suelo su flamenco y empezó a contar lo que, ocurría en el juego, muy contenta de tener a alguien que la escuchara. El Gato creía sin duda que su parte visible era ya suficiente, y no apareció nada más.
--Me parece que no juegan ni un poco limpio --empezó Alicia en tono quejumbroso--, y se pelean de un modo tan terrible que no hay quien se entienda, y no parece que haya reglas ningunas... Y, si las hay, nadie hace caso de ellas... Y no puedes imaginar qué lío es el que las cosas estén vivas. Por ejemplo, allí va el aro que me tocaba jugar ahora, ¡justo al otro lado del campo! ¡Y le hubiera dado ahora mismo al erizo de la Reina, pero se largó cuando vio que se acercaba el mío!
--¿Qué te parece la Reina? --dijo el Gato en voz baja.
--No me gusta nada --dijo Alicia . Es tan exagerada... --En este momento, Alicia advirtió que la Reina estaba justo detrás de ella, escuchando lo que decía, de modo que siguió--: ... tan exageradamente dada a ganar, que no merece la pena terminar la partida.
La Reina sonrió y reanudó su camino.
--¿Con quién estás hablando? --preguntó el Rey, acercándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con gran curiosidad.
--Es un amigo mío... un Gato de Cheshire --dijo Alicia--. Permita que se lo presente.
--No me gusta ni pizca su aspecto --aseguró el Rey--. Sin embargo, puede besar mi mano si así lo desea.
--Prefiero no hacerlo --confesó el Gato.
--No seas impertinente --dijo el Rey--, ¡Y no me mires de esta manera!
Y se refugió detrás de Alicia mientras hablaba.
--Un gato puede mirar cara a cara a un rey --sentenció Alicia--. Lo he leído en un libro, pero no recuerdo cuál.
--Bueno, pues hay que eliminarlo --dijo el Rey con decisión, y llamó a la Reina, que precisamente pasaba por allí--. ¡Querida! ¡Me gustaría que eliminaras a este gato!
Para la Reina sólo existía un modo de resolver los problemas, fueran grandes o pequeños.
--¡Que le corten la cabeza! --ordenó, sin molestarse siquiera en echarles una ojeada.
--Yo mismo iré a buscar al verdugo --dijo el Rey apresuradamente.
Y se alejó corriendo de allí.
Alicia pensó que sería mejor que ella volviese al juego y averiguase cómo iba la partida, pues oyó a lo lejos la voz de la Reina, que aullaba de furor. Acababa de dictar sentencia de muerte contra tres de los jugadores, por no haber jugado cuando les tocaba su turno. Y a Alicia no le gustaba ni pizca el aspecto que estaba tomando todo aquello, porque la partida había llegado a tal punto de confusión que le era imposible saber cuándo le tocaba jugar y cuándo no. Así pues, se puso a buscar su erizo.
El erizo se había enzarzado en una pelea con otro erizo, y esto le pareció a Alicia una excelente ocasión para hacer una carambola: la única dificultad era que su flamenco se había largado al otro extremo del jardín, y Alicia podía verlo allí, aleteando torpemente en un intento de volar hasta las ramas de un árbol.
Cuando hubo recuperado a su flamenco y volvió con él, la pelea había terminado, y no se veía rastro de ninguno de los erizos. «Pero esto no tiene demasiada importancia», pensó Alicia, «ya que todos los aros se han marchado de esta parte del campo». Así pues, sujetó bien al flamenco debajo del brazo, para que no volviera a escaparse, y se fue a charlar un poco más con su amigo.
Cuando volvió junto al Gato de Cheshire, quedó sorprendida al ver que un gran grupo de gente se había congregado a su alrededor. El verdugo, el Rey y la Reina discutían acaloradamente, hablando los tres a la vez, mientras los demás guardaban silencio y parecían sentirse muy incómodos.
En cuanto Alicia entró en escena, los tres se dirigieron a ella para que decidiera la cuestión, y le dieron sus argumentos. Pero, como hablaban todos a la vez, se le hizo muy difícil entender exactamente lo que le decían.
La teoría del verdugo era que resultaba imposible cortar una cabeza si no había cuerpo del que cortarla; decía que nunca había tenido que hacer una cosa parecida en el pasado y que no iba a empezar a hacerla a estas alturas de su vida.
La teoría del Rey era que todo lo que tenía una cabeza podía ser decapitado, y que se dejara de decir tonterías.
La teoría de la Reina era que si no solucionaban el problema inmediatamente, haría cortar la cabeza a cuantos la rodeaban. (Era esta última amenaza la que hacía que todos tuvieran un aspecto grave y asustado.)
A Alicia sólo se le ocurrió decir:
--El Gato es de la Duquesa. Lo mejor será preguntarle a ella lo que debe hacerse con él.
--La Duquesa está en la cárcel --dijo la Reina al verdugo--. Ve a buscarla.
Y el verdugo partió como una flecha.
La cabeza del Gato empezó a desvanecerse a partir del momento en que el verdugo se fue, y, cuando éste volvió con la Duquesa, había desaparecido totalmente. Así pues, el Rey y el verdugo empezaron a corretear de un lado a otro en busca del Gato, mientras el resto del grupo volvía a la partida de croquet.
Alicia se quedó hablando un ratito con la Duquesa y al poco, apareció la Reina:
--Y ahora volvamos al juego --le dijo a Alicia.
Alicia estaba demasiado asustada para decir esta boca es mía, pero siguió dócilmente a la Reina hacia el campo de croquet.
Los otros invitados habían aprovechado la ausencia de la Reina, y se habían tumbado a la sombra, pero, en cuanto la vieron, se apresuraron a volver al juego, mientras la Reina se limitaba a señalar que un segundo de retraso les costaría la vida.
Todo el tiempo que estuvieron jugando, la Reina no dejó de pelearse con los otros jugadores, ni dejó de gritar «¡Qué le corten a éste la cabeza!» o «¡Qué le corten a ésta la cabeza!» Aquellos a los que condenaba eran puestos bajo la vigilancia de soldados, que naturalmente tenían que dejar de hacer de aros, de modo que al cabo de una media hora no quedaba ni un solo aro, y todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban arrestados y bajo sentencia de muerte.
Entonces la Reina abandonó la partida, casi sin aliento, y le preguntó a Alicia:
--¿Has visto ya a la Falsa Tortuga?
--No --dijo Alicia--. Ni siquiera sé lo que es una Falsa Tortuga.
--¿Nunca has comido sopa de tortuga? --preguntó la Reina--. Pues hay otra sopa que parece de tortuga pero no es de auténtica tortuga. La Falsa Tortuga sirve para hacer esta sopa.
--Nunca he visto ninguna, ni he oído hablar de ella --dijo Alicia.
--¡Andando, pues! --ordenó la Reina--. Y la Falsa Tortuga te contará su historia.
Mientras se alejaban juntas, Alicia oyó que el Rey decía en voz baja a todo el grupo: «Quedáis todos perdonados.» «¡Vaya, eso sí que está bien!», se dijo Alicia, que se sentía muy inquieta por el gran número de ejecuciones que la Reina había ordenado.
Al poco rato llegaron junto a un Grifo, que yacía profundamente dormido al sol.
--¡Arriba, perezoso! --ordenó la Reina--. Y acompaña a esta señorita a ver a la Falsa Tortuga y a que oiga su historia. Yo tengo que volver para vigilar unas cuantas ejecuciones que he ordenado.
Y se alejó de allí, dejando a Alicia sola con el Grifo. Juntos fueron a buscar a la Falsa Tortuga para escuchar su historia. La Tortuga les habló de cursos y también de juegos, de el baile de la langosta ... Después Grifo, dirigiéndose a Alicia dijo-- cuéntanos tú alguna de tus aventuras.
--Puedo contaros mis aventuras... a partir de esta mañana --dijo Alicia con cierta timidez--. Pero no serviría de nada retroceder hasta ayer, porque ayer yo era otra persona.
--¡Es un galimatías! Explica todo esto --dijo la Falsa Tortuga.
--¡No, no! Las aventuras primero --exclamó el Grifo con impaciencia--, las explicaciones ocupan demasiado tiempo.
Así pues, Alicia empezó a contar sus aventuras a partir del momento en que vio por primera vez al Conejo Blanco. Al principio estaba un poco nerviosa, porque las dos criaturas se pegaron a ella, una a cada lado, con ojos y bocas abiertos como naranjas, pero fue cobrando valor a medida que avanzaba en su relato. Cuando terminó, volvieron. Al llegar vieron al Rey y a la Reina de Corazones sentados en sus tronos, y a una gran multitud congregada a su alrededor: toda clase de pajarillos y animalitos, así como la baraja de cartas completa. El Valet estaba de pie ante ellos, encadenado, con un soldado a cada lado para vigilarlo. Y cerca del Rey estaba el Conejo Blanco, con una trompeta en una mano y un rollo de pergamino en la otra. Justo en el centro de la sala había una mesa y encima de ella una gran bandeja de tartas: tenían tan buen aspecto que a Alicia se le hizo la boca agua al verlas. «¡Ojalá el juicio termine pronto», pensó, «y repartan la merienda!» Pero no parecía haber muchas posibilidades de que así fuera, y Alicia se puso a mirar lo que ocurría a su alrededor, para matar el tiempo.
No había estado
nunca en una corte de justicia, pero había leído cosas sobre ellas en los libros, y se
sintió muy satisfecha al ver que sabía el nombre de casi todo lo que allí había.
--Aquél es el juez --se dijo a sí misma--, porque lleva esa gran peluca.
El Juez, por cierto, era el Rey; y como llevaba la corona encima de la peluca, no parecía sentirse muy cómodo, y desde luego no tenía buen aspecto.
--Y aquello es el estrado del jurado --pensó Alicia--, y esas doce criaturas (se vio obligada a decir «criaturas», sabéis, porque algunos eran animales de pelo y otros eran pájaros) supongo que son los miembros del jurado.
Repitió esta última palabra dos o tres veces para sí, sintiéndose orgullosa de ella: Alicia pensaba, y con razón, que muy pocas niñas de su edad podían saber su significado.
Los doce jurados estaban escribiendo afanosamente en unas pizarras.
--¿Qué están haciendo? --le susurró Alicia al Grifo--. No pueden tener nada que anotar ahora, antes de que el juicio haya empezado.
--Están anotando sus nombres --susurró el Grifo como respuesta--, no vaya a ser que se les olviden antes de que termine el juicio.
--¡Bichejos estúpidos! --empezó a decir Alicia en voz alta e indignada.
Pero se detuvo rápidamente al oír que el Conejo Blanco gritaba: «¡Silencio en la sala!», y al ver que el Rey se calaba los anteojos y miraba severamente a su alrededor para descubrir quién era el que había hablado.
Alicia pudo ver, tan bien como si estuviera mirando por encima de sus hombros, que todos los miembros del jurado estaban escribiendo «¡bichejos estúpidos!» en sus pizarras, e incluso pudo darse cuenta de que uno de ellos no sabía cómo se escribía «bichejo» y tuvo que preguntarlo a su vecino.
«¡Menudo lío habrán armado en sus pizarras antes de que el juicio termine!», pensó Alicia.
Uno de los miembros del jurado tenía una tiza que chirriaba. Naturalmente esto era algo que Alicia no podía soportar, así pues dio la vuelta a la sala, se colocó a sus espaldas, y encontró muy pronto oportunidad de arrebatarle la tiza. Lo hizo con tanta habilidad que el pobrecillo jurado no se dio cuenta en absoluto de lo que había sucedido con su tiza; y así, después de buscarla por todas partes, se vio obligado a escribir con un dedo el resto de la jornada; y esto no servía de gran cosa, pues no dejaba marca alguna en la pizarra.
--¡Heraldo, lee la acusación! -dijo el Rey.
Y entonces el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta, y desenrolló el pergamino, y leyó lo que sigue:
La Reina cocinó varias tartas un día de verano azul, el Valet se apoderó de esas tartas Y se las llevó a Estambul.
--¡Considerad vuestro veredicto! --dijo el Rey al jurado.
--¡Todavía no! ¡Todavía no! le interrumpió apresuradamente el Conejo--. ¡Hay muchas otras cosas antes de esto!
--Llama al primer testigo --dijo el Rey.
Y el Conejo dio tres toques de trompeta y gritó:
--¡Primer testigo!
El primer testigo era el Sombrerero. Compareció con una taza de té en una mano y un pedazo de pan con mantequilla en la otra.
--Os ruego me perdonéis, Majestad --empezó--, por traer aquí estas cosas, pero no había terminado de tomar el té, cuando fui convocado a este juicio.
--Debías haber terminado --dijo el Rey--. ¿Cuándo empezaste?
El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que, del brazo del Lirón, lo había seguido hasta allí.
--Me parece que fue el catorce de marzo.
--El quince --dijo la Liebre de Marzo.
--El dieciséis --dijo el Lirón.
--Anotad todo esto --ordenó el Rey al jurado.
Y los miembros del jurado se apresuraron a escribir las tres fechas en sus pizarras, y después sumaron las tres cifras y redujeron el resultado a chelines y peniques.
--Quítate tu sombrero --ordenó el Rey al Sombrerero.
--No es mío, Majestad --dijo el Sombrero.
--¡Sombrero robado! --exclamó el Rey, volviéndose hacia los miembros del jurado, que inmediatamente tomaron nota del hecho.
--Los tengo para vender --añadió el Sombrerero como explicación--. Ninguno es mío. Soy sombrerero.
Al llegar a este punto, la Reina se caló los anteojos y empezó a examinar severamente al Sombrerero, que se puso pálido y se echó a temblar.
--Di lo que tengas que declarar --exigió el Rey--, y no te pongas nervioso, o te hago ejecutar en el acto.
Esto no pareció animar al testigo en absoluto: se apoyaba ora sobre un pie ora sobre el otro, miraba inquieto a la Reina, y era tal su confusión que dio un tremendo mordisco a la taza de té creyendo que se trataba del pan con mantequilla.
En este preciso momento Alicia experimentó una sensación muy extraña, que la desconcertó terriblemente hasta que comprendió lo que era: había vuelto a empezar a crecer. Al principio pensó que debía levantarse y abandonar la sala, pero lo pensó mejor y decidió quedarse donde estaba mientras su tamaño se lo permitiera.
--Haz el favor de no empujar tanto --dijo el Lirón, que estaba sentado a su lado--. Apenas puedo respirar.
--No puedo evitarlo --contestó humildemente Alicia--. Estoy creciendo.
--No tienes ningún derecho a crecer aquí --dijo el Lirón.
--No digas tonterías --replicó Alicia con más brío--. De sobra sabes que también tú creces.
--Sí, pero yo crezco a un ritmo razonable --dijo el Lirón--, y no de esta manera grotesca.
Se levantó con aire digno y fue a situarse al otro extremo de la sala.
Durante todo este tiempo, la Reina no le había quitado los ojos de encima al Sombrerero, y, justo en el momento en que el Lirón cruzaba la sala, ordenó a uno de los ujieres de la corte:
--¡Tráeme la lista de los cantantes del último concierto!
Lo que produjo en el Sombrerero tal ataque de temblor que las botas se le salieron de los pies.
--Di lo que tengas que declarar --repitió el Rey muy enfadado--, o te hago ejecutar ahora mismo, estés nervioso o no lo estés.
--Soy un pobre hombre, Majestad --empezó a decir el Sombrerero en voz temblorosa--... y no había empezado aún a tomar el té... no debe hacer siquiera una semana... y las rebanadas de pan con mantequilla se hacían cada vez más delgadas... y el titileo del té...
--¿El titileo de qué? --preguntó el Rey.
--El titileo empezó con el té --contestó el Sombrerero.
--¡Querrás decir que titileo empieza con la T! --replicó el Rey con aspereza--. ¿Crees que no sé ortografía? ¡Sigue!
--Soy un pobre hombre --siguió el Sombrerero-... y otras cosas empezaron a titilear después de aquello... pero la Liebre de Marzo dijo...
--¡Yo no dije eso! --se apresuró a interrumpirle la Liebre de Marzo.
--¡Lo dijiste! --gritó el Sombrerero.
--¡Lo niego! --dijo la Liebre de Marzo.
--Ella lo niega --dijo el Rey--. Tachad esta parte.
--Bueno, en cualquier caso, el Lirón dijo... --siguió el Sombrerero, y miró ansioso a su alrededor, para ver si el Lirón también lo negaba, pero el Lirón no negó nada, porque estaba profundamente dormido--. Después de esto --continuó el Sombrerero--, cogí un poco más de pan con mantequilla...
--¿Pero qué fue lo que dijo el Lirón? --preguntó uno de los miembros del jurado.
--De esto no puedo acordarme --dijo el Sombrerero.
--Tienes que acordarte --subrayó el Rey--, o haré que te ejecuten.
El desgraciado Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla, y cayó de rodillas.
--Soy un pobre hombre, Majestad --empezó.
--Lo que eres es un pobre orador --dijo sarcástico el Rey
Al llegar a este punto uno de los conejillos de indias empezó a aplaudir, y fue inmediatamente reprimido por los ujieres de la corte. (Como eso de «reprimir» puede resultar difícil de entender, voy a explicar con exactitud lo que pasó. Los ujieres tenían un gran saco de lona, cuya boca se cerraba con una cuerda: dentro de este saco metieron al conejillo de indias, la cabeza por delante, y después se sentaron encima.)
--Me alegro muchísimo de haber visto esto --se dijo Alicia--. Estoy harta de leer en los periódicos que, al final de un juicio, «estalló una salva de aplausos, que fue inmediatamente reprimida por los ujieres de la sala», y nunca comprendí hasta ahora lo que querían decir.
--Si esto es todo lo que sabes del caso, ya puedes bajar del estrado --siguió diciendo el Rey.
--No puedo bajar más abajo --dijo el Sombrerero--, porque ya estoy en el mismísimo suelo.
--Entonces puedes sentarte --replicó el Rey.
Al llegar a este punto el otro conejillo de indias empezó a aplaudir, y fue también reprimido.
--¡Vaya, con eso acaban los conejillos de indias! --se dijo Alicia--. Me parece que todo irá mejor sin ellos.
--Preferiría terminar de tomar el té --dijo el Sombrerero, lanzando una mirada inquieta hacia la Reina, que estaba leyendo la lista de cantantes.
--Puedes irte --dijo el Rey. Y el Sombrerero salió volando de la sala, sin esperar siquiera el tiempo suficiente para ponerse los zapatos.
--Y al salir que le corten la cabeza -añadió la Reina, dirigiéndose a uno de los ujieres.
Pero el Sombrerero se había perdido de vista, antes de que el ujier pudiera llegar a la puerta de la sala.
--¡Llama al siguiente testigo! --dijo el Rey.
El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa. Llevaba el pote de pimienta en la mano, y Alicia supo que era ella, incluso antes de que entrara en la sala, por el modo en que la gente que estaba cerca de la puerta empezó a estornudar.
--Di lo que tengas que declarar --ordenó el Rey.
--De eso nada --dijo la cocinera.
El Rey miró con ansiedad al Conejo Blanco, y el Conejo Blanco dijo en voz baja:
--Su Majestad debe examinar detenidamente a este testigo.
--Bueno, si debo hacerlo, lo haré --dijo el Rey con resignación, y, tras cruzarse de brazos y mirar de hito en hito a la cocinera con aire amenazador, preguntó en voz profunda--: ¿De qué se hacen las tartas?
--Sobre todo de pimienta --respondió la cocinera.
--Melaza -dijo a sus espaldas una voz soñolienta.
--Prended a ese Lirón --chilló la Reina--. ¡Decapitad a ese Lirón! ¡Arrojad a ese Lirón de la sala! ¡Reprimidle! ¡Pellizcadle! ¡Dejadle sin bigotes!
Durante unos minutos reinó gran confusión en la sala, para arrojar de ella al Lirón, y, cuando todos volvieron a ocupar sus puestos, la cocinera había desaparecido.
--¡No importa! --dijo el Rey, con aire de alivio--. Llama al siguiente testigo. --Y añadió a media voz dirigiéndose a la Reina-: Realmente, cariño, debieras interrogar tú al próximo testigo. ¡Estas cosas me dan dolor de cabeza!
Alicia observó al Conejo Blanco, que examinaba la lista, y se preguntó con curiosidad quién sería el próximo testigo. «Porque hasta ahora poco ha sido lo que han sacado en limpio», se dijo para sí. Imaginad su sorpresa cuando el Conejo Blanco, elevando al máximo volumen su vocecilla, leyó el nombre de:
--¡Alicia!
--¡Estoy aquí! --gritó Alicia.
Y olvidando, en la emoción del momento, lo mucho que había crecido en los últimos minutos, se puso en pie con tal precipitación que golpeó con el borde de su falda el estrado de los jurados, y todos los miembros del jurado cayeron de cabeza encima de la gente que había debajo, y quedaron allí pataleando y agitándose, y esto le recordó a Alicia intensamente la pecera de peces de colores que ella había volcado sin querer la semana pasada.
--¡Oh, les ruego me perdonen! --exclamó Alicia en tono consternado.
Y empezó a levantarlos a toda prisa, pues no podía apartar de su mente el accidente de la pecera, y tenía la vaga sensación de que era preciso recogerlas cuanto antes y devolverlos al estrado, o de lo contrario morirían.
--El juicio no puede seguir --dijo el Rey con voz muy grave-- hasta que todos los miembros del jurado hayan ocupado debidamente sus puestos... todos los miembros del jurado --repitió con mucho énfasis, mirando severamente a Alicia mientras decía estas palabras.
Alicia miró hacia el estrado del jurado, y vio que, con las prisas, había colocado a la Lagartija cabeza abajo, y el pobre animalito, incapaz de incorporarse, no podía hacer otra cosa que agitar melancólicamente la cola. Alicia lo cogió inmediatamente y lo colocó en la postura adecuada.
«Aunque no creo que sirva de gran cosa», se dijo para sí. «Me parece que el juicio no va a cambiar en nada por el hecho de que este animalito esté de pies o de cabeza.»
Tan pronto como el jurado se hubo recobrado un poco del shock que había sufrido, y hubo encontrado y enarbolado de nuevo sus tizas y pizarras, se pusieron todos a escribir con gran diligencia para consignar la historia del accidente. Todos menos la Lagartija, que parecía haber quedado demasiado impresionada para hacer otra cosa que estar sentada allí, con la boca abierta, los ojos fijos en el techo de la sala.
--¿Qué sabes tú de este asunto? --le dijo el Rey a Alicia.
--Nada --dijo Alicia.
--¿Nada de nada? --insistió el Rey.
--Nada de nada --dijo Alicia.
--Esto es algo realmente trascendente --dijo el Rey, dirigiéndose al jurado.
Y los miembros del jurado estaban empezando a anotar esto en sus pizarras, cuando intervino a toda prisa el Conejo Blanco:
--Naturalmente, Su Majestad ha querido decir intrascendente --dijo en tono muy respetuoso, pero frunciendo el ceño y haciéndole signos de inteligencia al Rey mientras hablaba.
Intrascendente es lo que he querido decir, naturalmente --se apresuró a decir el Rey.
Y empezó a mascullar para sí: «Trascendente... intrascendente... trascendente... intrascendente...», como si estuviera intentando decidir qué palabra sonaba mejor.
Parte del jurado escribió «trascendente», y otra parte escribió «intrascendente». Alicia pudo verlo, pues estaba lo suficiente cerca de los miembros del jurado para leer sus pizarras. «Pero esto no tiene la menor importancia», se dijo para sí.
En este momento el Rey, que había estado muy ocupado escribiendo algo en su libreta de notas, gritó: «¡Silencio!», y leyó en su libreta: --Artículo Cuarenta y Dos. Toda persona que mida más de un kilómetro tendrá que abandonar la sala.
Todos miraron a Alicia.
--Yo no mido un kilómetro --protestó Alicia.
--Sí lo mides --dijo el Rey.
--Mides casi dos kilómetros añadió la Reina.
--Bueno, pues no pienso moverme de aquí, de todos modos --aseguró Alicia--. Y además este artículo no vale: usted lo acaba de inventar.
--Es el artículo más viejo de todo el libro --dijo el Rey.
--En tal caso, debería llevar el Número Uno --dijo Alicia.
El Rey palideció, y cerró a toda prisa su libro de notas.
--¡Considerad vuestro veredicto! --ordenó al jurado, en voz débil y temblorosa.
--Faltan todavía muchas pruebas, con la venia de Su Majestad --dijo el Conejo Blanco, poniéndose apresuradamente de pie--. Acaba de encontrarse este papel.
--¿Qué dice este papel? --preguntó la Reina.
--Todavía no lo he abierto --contestó el Conejo Blanco--, pero parece ser una carta, escrita por el prisionero a... a alguien.
--Así debe ser --asintió el Rey--, porque de lo contrario hubiera sido escrita a nadie, lo cual es poco frecuente.
--¿A quién va dirigida? --preguntó uno de los miembros del jurado.
--No va dirigida a nadie --dijo el Conejo Blanco--. No lleva nada escrito en la parte exterior. --Desdobló el papel, mientras hablaba, y añadió--: Bueno, en realidad no es una carta: es una serie de versos.
--¿Están en la letra del acusado? --preguntó otro de los miembros del jurado.
--No, no lo están --dijo el Conejo Blanco--, y esto es lo más extraño de todo este asunto.
(Todos los miembros del jurado quedaron perplejos.)
--Debe de haber imitado la letra de otra persona --dijo el Rey.
(Todos los miembros del jurado respiraron con alivio.)
--Con la venia de Su Majestad --dijo el Valet--, yo no he escrito este papel, y nadie puede probar que lo haya hecho, porque no hay ninguna firma al final del escrito.
--Si no lo has firmado --dijo el Rey--, eso no hace más que agravar tu culpa. Lo tienes que haber escrito con mala intención, o de lo contrario habrías firmado con tu nombre como cualquier persona honrada.
Un unánime aplauso siguió a estas palabras: en realidad, era la primera cosa sensata que el Rey había dicho en todo el día.
--Esto prueba su culpabilidad, naturalmente --exclamó la Reina--. Por lo tanto, que le corten...
--¡Esto no prueba nada de nada! --protestó Alicia--. ¡Si ni siquiera sabemos lo que hay escrito en el papel!
--Léelo --ordenó el Rey al Conejo Blanco.
El Conejo Blanco se puso las gafas. --¡Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad? --preguntó.
--Empieza por el principio --dijo el Rey con gravedad-- y sigue hasta llegar al final; allí te paras.
Se hizo un silencio de muerte en la sala, mientras el Conejo Blanco leía los siguientes versos:
Dijeron que fuiste a verla y que a él le hablaste de mí: ella aprobó mi carácter y yo a nadar no aprendí. Él dijo que yo no era (bien sabemos que es verdad): pero si ella insistiera ¿qué te podría pasar? Yo di una, ellos dos, tú nos diste tres o más, todas volvieron a ti, y eran mías tiempo atrás. Si ella o yo tal vez nos vemos mezclados en este lío, él espera tú los libres y sean como al principio. Me parece que tú fuiste (antes del ataque de ella), entre él, y yo y aquello un motivo de querella. No dejes que él sepa nunca que ella los quería más, pues debe ser un secreto y entre tú y yo ha de quedar.
--¡Ésta es la prueba más importante que hemos obtenido hasta ahora! --dijo el Rey, frotándose las manos--. Así pues, que el jurado proceda a...
--Si alguno de vosotros es capaz de explicarme este galimatías --dijo Alicia (había crecido tanto en los últimos minutos que no le daba ningún miedo interrumpir al Rey)--, le doy seis peniques.
Yo estoy convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza.
Todos los miembros del jurado escribieron en sus pizarras: «Ella está convencida de que estos versos no tienen pies ni cabeza», pero ninguno de ellos se atrevió a explicar el contenido del escrito.
--Si el poema no tiene sentido --dijo el Rey--, eso nos evitará muchas complicaciones, porque no tendremos que buscárselo. Y, sin embargo --siguió, apoyando el papel sobre sus rodillas y mirándolo con ojos entornados--, me parece que yo veo algún significado... Y yo a nadar no aprendí... Tú no sabes nadar, ¿o sí sabes? --añadió, dirigiéndose al Valet.
El Valet sacudió tristemente la cabeza.
--¿Tengo yo aspecto de saber nadar? --dijo.
(Desde luego no lo tenía, ya que estaba hecho enteramente de cartón.)
--Hasta aquí todo encaja --observó el Rey, y siguió murmurando para sí mientras examinaba los versos--: Bien sabemos que es verdad... Evidentemente se refiere al jurado... Pero si ella insistiera... Tiene que ser la Reina... ¿Qué te podría pasar?... ¿Qué, en efecto? Yo di una, ellos dos... Vaya, esto debe ser lo que él hizo con las tartas...
--Pero después sigue todas volvievon a ti --observó Alicia.
--¡Claro, y aquí están! --exclamó triunfalmente el Rey, señalando las tartas que había sobre la mesa . Está más claro que el agua. Y más adelante... Antes del ataque de ella... ¿Tú nunca tienes ataques, verdad, querida? --le dijo a la Reina.
--¡Nunca! --rugió la Reina furiosa, arrojando un tintero contra la pobre Lagartija.
(La infeliz Lagartija había renunciado ya a escribir en su pizarra con el dedo, porque se dio cuenta de que no dejaba marca, pero ahora se apresuró a empezar de nuevo, aprovechando la tinta que le caía chorreando por la cara, todo el rato que pudo.)
--Entonces las palabras del verso no pueden atacarte a ti --dijo el Rey, mirando a su alrededor con una sonrisa.
Había un silencio de muerte.
--¡Es un juego de palabras! --tuvo que explicar el Rey con acritud.
Y ahora todos rieron.
--¡Que el jurado considere su veredicto! --ordenó el Rey, por centésima vez aquel día.
--¡No! ¡No! --protestó la Reina--. Primero la sentencia... El veredicto después.
--¡Valiente idiotez! --exclamó Alicia alzando la voz--. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero!
--¡Cállate la boca! --gritó la Reina, poniéndose color púrpura.
--¡No quiero! --dijo Alicia.
--¡Que le corten la cabeza! --chilló la Reina a grito pelado.
Nadie se movió.
--¡Quién le va a hacer caso? --dijo Alicia (al llegar a este momento ya había crecido hasta su estatura normal)--. ¡No sois todos más que una baraja de cartas!
Al oír esto la baraja se elevó por los aires y se precipitó en picada contra ella. Alicia dio un pequeño grito, mitad de miedo y mitad de enfado, e intentó sacárselos de encima... Y se encontró tumbada en la ribera, con la cabeza apoyada en la falda de su hermana, que le estaba quitando cariñosamente de la cara unas hojas secas que habían caído desde los árboles. Todo había sido un sueño, un bonito sueño.
--¡Despierta ya, Alicia! --le dijo su hermana--. ¡Cuánto rato has dormido!
--¡Oh, he tenido un sueño tan extraño! --dijo Alicia.
Y le contó a su hermana, tan bien como sus recuerdos lo permitían, todas las sorprendentes aventuras que hemos estado leyendo. Y, cuando hubo terminado, su hermana le dio un beso y le dijo:
--Realmente, ha sido un sueño extraño, cariño. Pero ahora corre a merendar. Se está haciendo tarde.
Así pues, Alicia se levantó y se alejó corriendo de allí, y mientras corría no dejó de pensar en el maravilloso sueño que había tenido. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.